Aprendizajes positivos de la mayor crisis energética de la historia de Europa

Tras más de 100 años dependiendo de la quema de combustibles fósiles, hemos desarrollado la tecnología que nos permite satisfacer la totalidad de nuestras necesidades energéticas

Jorge Morales

Jorge Morales

Estamos ante la que ya es, sin duda, la mayor crisis energética de la historia de Europa. Nuestra enorme dependencia energética del exterior ha mostrado, una vez más, lo frágil que es nuestro modo de vida y esta vez lo ha hecho con inusitada crudeza.

El gas natural, que fue adoptado en Europa como el acompañante ideal para nuestra larga transición energética hacia un modelo íntegramente renovable, nos ha fallado. Rusia, que hasta 2021 suministraba en torno al 40% de todo el gas consumido en la Unión Europea, decidió invadir Ucrania en la confianza de que sus vecinos europeos no saldrían en su ayuda porque no podían prescindir del gas que necesitaban para calentar sus casas, fabricar sus productos y generar su electricidad.

Por suerte, los planes de Rusia no se han cumplido, pero las consecuencias han sido terribles. Las peores, sin duda, para el pueblo ucraniano, sometido a una guerra en su propio territorio que ha trastocado para siempre su modo de vida; pero a los demás europeos la invasión también nos ha afectado sustancialmente.

La cotización en el mercado de referencia europeo (el TTF holandés) ha llegado a alcanzar los
350 €/MWh en pleno mes de agosto cuando normalmente no supera los 20. Que haya cerrado
el año por debajo de 80 nos parece incluso un alivio.

Pero la realidad es que si trasladáramos íntegramente la subida a la factura de calefacción de un invierno de una familia media en España nos encontraríamos con que debería pasar de los 400 € al año antes de la crisis a más 1.500 € en la actualidad.

Las medidas de contención y un invierno suave han ayudado

Por suerte, las medidas de contención tomadas por los Gobiernos de toda Europa han paliado la situación y han evitado tal subida, que habría conducido a que más de la mitad de la población no pudiera encender la calefacción durante este invierno. La tarifa oficial del gas (TUR) en España, por ejemplo, ha subido “solo” un 22% durante el último año.

Las medidas de contención de Europa han evitado una subida que habría conducido a que más de la mitad de la población no pudiera encender la calefacción este invierno.

Lo de la electricidad es más sangrante aún. Resulta que, gracias al esfuerzo inversor en tecnologías renovables de las últimas dos décadas, cerca del 70% de la electricidad producida en nuestro país no requiere la quema de una sola molécula de gas, petróleo o carbón. Pero como tenemos un sistema de formación de precios “ultraliberal” pensado bajo la máxima de que el mercado todo lo corrige, hemos visto como los precios desorbitados del gas contagiaban al resto de tecnologías.

Si pagamos a todos el precio de la más cara, nos decían, crearemos un enorme incentivo a invertir más en renovables. No ha sido así. Este diseño de mercado nos ha llevado a precios mayoristas de mas de 500€/MWh en marzo cuando la media de la última década no superaba los 50.

Felizmente, los Gobiernos español y portugués consiguieron arrancar a la Comisión Europea la aplicación extraordinaria desde junio de la llamada excepción ibérica, ese gran muro de contención de los impactos del precio del gas en la electricidad que ha logrado que, a pesar de las históricas subidas del gas del mes de agosto, rara vez hayamos visto precios mayoristas de la electricidad por encima de los 200 €/MWh.

Consuelos «relativos»

Nótese que nuevamente se trata de un consuelo relativo. La tarifa oficial de la luz para las familias, que habitualmente está por debajo de los 12€ por kWh antes de impuestos, ha cerrado el año cerca de los 29. Solo la suspensión de la práctica totalidad de los impuestos del recibo ha permitido que el precio del kWh consumido por las familias españolas “únicamente” se haya duplicado respecto de los niveles precrisis.

Así las cosas, la pobreza energética en España se ha disparado, lo que ha obligado, además, a ampliar las coberturas del bono social de electricidad para proteger a las familias más vulnerables. La situación es aún peor en países de nuestro entorno, que aún no tienen garantizado el suministro energético a su población durante este invierno.

La pobreza energética en España se ha disparado, pero la situación es peor en países de nuestro entorno, que aún no tienen garantizado el suministro energético este invierno

Alemania y su dependencia del gas ruso

Alemania, por ejemplo, diseñó durante décadas un modelo energético ultradependiente del gas que llegaba de Rusia a través de las cuatro rutas que abastecían a Europa. Ninguna de ellas funciona ahora con normalidad.

Al contrario que España, que garantizó la diversificación de sus proveedores con la construcción de seis terminales regasificadoras que permiten introducir en la red el gas que descargan los barcos, Alemania no tenía ninguna.

De hecho, se ha visto obligado a instalar a contrarreloj dos regasificadoras flotantes que, por suerte, acaban de entrar en servicio. Solo un mes de diciembre mucho más cálido de lo habitual y una enorme
reducción del consumo
que se ha llevado por delante una parte relevante de su industria han permitido al Gobierno alemán asegurar el suministro de gas durante este invierno.

El problema de Francia y la energía

La situación de Francia es peor si cabe. El problema allí ha sido apostar desde hace cuarenta años por una tecnología energética, la nuclear, que ha demostrado estar obsoleta. Problemas de mantenimiento y de corrosión en sus vetustos reactores unidos a la incapacidad de la empresa pública francesa de construir en tiempo y a precio razonable reactores de nueva generación ha obligado al país a prepararse para apagones durante este invierno que aún no han quedado descartados.

La empresa controlada por el Estado ha tenido que ser completamente nacionalizada, acumula una deuda de 43.000 millones de euros y aún debe hacer frente a facturas de actualizaciones de seguridad obligatorias por importe de 100.000 millones.

Aprendizajes «positivos» de esta crisis

A pesar de esta dantesca situación debemos extraer aprendizajes positivos de esta crisis y, por una vez, estamos de enhorabuena. Por una vez, como especie, hemos hecho los deberes y tras más de 100 años haciendo depender nuestro notable incremento de calidad de vida en la quema de combustibles fósiles hemos desarrollado la tecnología que nos permite satisfacer la totalidad de nuestras necesidades energéticas.

Y lo hemos hecho a partir de fuentes de energías renovables, inagotables a escala humana y mucho más sostenibles social y medioambientalmente que las actuales. Y lo mejor, es que ya son las más baratas.

Producir electricidad directamente con el sol o con el viento ya es rentable claramente por debajo de los 50 €/MWh. El almacenamiento, por su parte, está despegando a gran velocidad y nos está permitiendo satisfacer nuestra demanda de energía incluso cuando no tenemos sol ni viento.

Esta gran crisis, por tanto, debe ser un acicate para acelerar nuestra transición energética al constatar que no podemos seguir dependiendo de la importación de hidrocarburos. No se trata de construir más gasoductos ni más terminales de regasificación de gas licuado transportado por barco.

Se trata de invertir más en renovables y en almacenamiento y de diseñar una transición que considere exclusivamente los hidrocarburos imprescindibles para acabar cuanto antes con ellos.

Esta gran crisis debe ser un acicate para acelerar nuestra transición energética al constatar que no podemos seguir dependiendo de la importación de hidrocarburos.

Opinión sobre la energía nuclear

Es importante, eso sí, distinguir a los oportunistas, como los pronucleares que, bajo el falso eslogan de querer ser el aliado ideal de las renovables, mantienen exactamente las mismas promesas que hace cuarenta años sin haber aportado una solución a nuestros problemas energéticos. La energía nuclear ha fracasado económica y socialmente.

Sus desorbitados costes (de más de 100 €/MWh en el mejor de los casos) lleva a las centrales a no ser competitivas ni siquiera produciendo masivamente electricidad, su modo de funcionamiento favorito. No digamos si encima se subordinaran —que no lo hacen— a la aportación renovable, viéndose obligados a reducir potencia cuando hace mucho sol o viento, pues sus costes serían esencialmente los mismos y la energía producida sería mucho menor, por lo que serían aún menos competitivas respecto del almacenamiento.

Los riesgos asociados a sus residuos y accidentes, por su parte, siguen sin reducirse y solo con un enorme respaldo de las arcas públicas pueden ser afrontados por sus promotores. De ahí que no haya empresas en España que quieran construir más nucleares, sino solo trabajadores empeñados en mantener su puesto de trabajo a toda costa. Incluso tratando de engañarnos.


Artículo de opinión elaborado por Jorge Morales de Labra: Ingeniero industrial. Emprendedor. Director de @ProximaEnergia y autor de #AdiósPetróleo.