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Cosmología

Hablar de cosmología es una forma elegante de admitir que no se sabe por dónde empezar. Porque cualquier inicio es arbitrario. Y, aun así, siempre se empieza igual: por el principio del universo. Aunque nadie tenga claro qué significa exactamente “principio”.

La cosmología se ocupa de eso. De intentar poner orden —o al menos un relato coherente— a algo que no se puede observar en su totalidad. Estudia el universo como un conjunto, no como una suma de piezas. Y eso ya la hace distinta a casi cualquier otra disciplina científica.

No es una ciencia cómoda. No trabaja con escalas humanas. Ni siquiera con escalas astronómicas habituales. Habla de 13.800 millones de años, de distancias que se miden en megapársecs y de componentes que no emiten luz, no interactúan de forma directa y, aun así, dominan el comportamiento del cosmos.

De hecho, conviene decirlo pronto: lo que vemos es una minoría. Apenas un 5% del contenido del universo está formado por materia ordinaria. Todo lo demás —la mayor parte— es algo que se detecta por sus efectos, no por su presencia directa. Materia oscura. Energía oscura. Dos nombres que describen un problema más que una solución.

¿Qué estudia realmente la cosmología?

La cosmología intenta describir el universo como sistema global. No se interesa especialmente por una estrella concreta ni por una galaxia aislada. Eso lo hace la astronomía. La cosmología se pregunta cómo encajan todas esas galaxias en conjunto, qué patrón forman y qué leyes gobiernan ese patrón.

Es una diferencia sutil, pero importante. Mientras el astrónomo observa objetos, el cosmólogo observa relaciones. Distribuciones. Tendencias estadísticas. Geometría a gran escala. El universo entendido no como catálogo, sino como estructura.

Y para hacerlo tiene que asumir algo fundamental: que las leyes físicas que se miden aquí y ahora también eran válidas hace miles de millones de años y a distancias inimaginables. Sin esa suposición, la cosmología simplemente no podría existir.

Un rodeo necesario por la historia

Antes de llegar a la cosmología moderna, el universo fue muchas cosas. Un mito. Un mecanismo perfecto. Un escenario fijo. Durante siglos se pensó que no cambiaba. Que siempre había sido así. Eso empezó a resquebrajarse con Newton, pero no terminó de romperse hasta principios del siglo XX.

En 1915, Albert Einstein formuló la relatividad general. La gravedad dejó de ser una fuerza clásica y pasó a entenderse como una curvatura del espacio y el tiempo. Esa idea, que hoy parece casi familiar, tuvo consecuencias enormes.

Entre ellas, una incómoda: el universo no tenía por qué ser estático. Pocos años después, Edwin Hubble observó que las galaxias se alejan unas de otras. No algunas. Todas. Y cuanto más lejos están, más rápido se alejan. Ese detalle, aparentemente técnico, cambia por completo la imagen del cosmos.

El Big Bang, dicho con cuidado

Aquí conviene detenerse, porque el Big Bang suele entenderse mal. No fue una explosión en un punto del espacio. No hubo un centro. No hubo fragmentos saliendo despedidos hacia un vacío preexistente. Lo que ocurrió fue la expansión del propio espacio desde un estado extremadamente caliente y denso.

Esto ya se ha dicho muchas veces, pero merece repetirse. En los primeros instantes del universo sucedieron procesos que hoy solo se pueden describir con teoría. Inflación. Enfriamiento rápido. Formación de partículas. Más tarde, de núcleos. Después, de átomos.

Durante los primeros minutos se sintetizaron hidrógeno, helio y pequeñas cantidades de litio. Las proporciones no son aproximadas. Son muy concretas. Y coinciden con lo que se observa hoy. No por ajuste. Por necesidad física.

Un universo que se expande… y sigue haciéndolo

La expansión del universo se describe mediante la ley de Hubble. Es sencilla en su forma, pero profunda en sus implicaciones. La velocidad a la que una galaxia se aleja es proporcional a su distancia.

La constante de Hubble, H₀, tiene un valor cercano a 70 km/s por megapársec, aunque aquí aparece uno de los grandes debates actuales: distintas mediciones no coinciden del todo. Es la llamada tensión de Hubble. Podría ser un error sistemático. O podría ser una pista. No está resuelto.

La radiación que quedó atrás

Hay una prueba especialmente sólida del modelo cosmológico: la radiación cósmica de fondo de microondas.

Es una radiación que llena todo el universo con una temperatura media de 2,73 kelvin. No procede de estrellas ni de galaxias. Procede de cuando el universo tenía unos 380.000 años y se volvió transparente por primera vez.

Ese momento dejó una huella térmica. Un eco. Las pequeñas variaciones de temperatura —del orden de una parte en cien mil— contienen una enorme cantidad de información. De ahí surgieron las primeras estructuras.

Misiones como COBE, WMAP y Planck han medido esa radiación con una precisión difícil de exagerar.

Elementos simples, consecuencias profundas

El universo es químicamente simple. Al menos en sus inicios. Aproximadamente un 75% es hidrógeno y un 25% helio, con trazas de otros elementos ligeros. Esa proporción no cambia porque sí. Es una consecuencia directa de la nucleosíntesis primordial.

Si el Big Bang estuviera mal planteado, esto no encajaría. Pero encaja. Demasiado bien.

De qué está hecho el universo (y de qué no)

Aquí llega una de las partes más desconcertantes de la cosmología moderna. La materia ordinaria representa solo un 5 % del contenido total. El resto es algo que no se observa directamente. Materia oscura. Energía oscura.

Conviene insistir: estos términos no describen sustancias conocidas. Describen comportamientos. Efectos gravitatorios. Aceleraciones inesperadas. Son nombres provisionales. Y probablemente incompletos.

Materia visible, materia invisible

La materia bariónica forma todo lo familiar. Estrellas. Planetas. Personas. Interactúa con la luz y, por tanto, se puede observar.

La materia oscura no. Sólo se detecta por su gravedad. Las galaxias rotan demasiado rápido. Las lentes gravitacionales muestran más masa de la que se ve. Las simulaciones de estructura lo exigen. Se buscan partículas candidatas desde hace décadas. De momento, sin éxito definitivo.

Cosmología: energía oscura y expansión acelerada

En 1998 se descubrió algo inesperado: la expansión del universo se acelera. La explicación más simple es la constante cosmológica, Λ, asociada a la energía del vacío. Existen alternativas. Campos dinámicos. Modificaciones de la gravedad. Por ahora, ninguna ha superado al modelo más sencillo.

El modelo que lo sostiene casi todo

El modelo estándar cosmológico se conoce como Lambda-CDM. Describe un universo plano, dominado por energía oscura y materia oscura fría. No es perfecto. Pero funciona.

Geometría y futuro: preguntas abiertas

Las observaciones indican que el universo es geométricamente plano con una precisión cercana al uno por ciento.

Si la energía oscura es constante, el destino más probable es el llamado Big Freeze: expansión eterna, enfriamiento progresivo, apagado de las estrellas y, a muy largo plazo, un universo casi vacío. Otros escenarios existen. Pero hoy son menos probables.

Cómo se estudia todo esto

La cosmología actual combina observación y simulación. Grandes cartografiados de galaxias. Telescopios espaciales. Superordenadores. Simulaciones numéricas como Millennium, Illustris o Eagle recrean miles de millones de años de evolución cósmica. No son ilustraciones. Son cálculos físicos completos.

Las preguntas que no desaparecen

Quedan muchas cuestiones abiertas. Por qué la energía del vacío es tan pequeña. Por qué hoy las densidades de materia y energía oscura son comparables. Qué causó exactamente la inflación.

Responderlas probablemente exigirá nueva física. Y quizá ahí la cosmología deje de ser sólo una descripción del universo para convertirse en algo más ambicioso: una vía para entender las leyes fundamentales de la realidad.