Las galaxias elípticas figuran entre las estructuras más antiguas del universo. También, entre las más masivas. A diferencia de sistemas como la Vía Láctea, no presentan brazos espirales ni discos bien definidos. Su aspecto es distinto. Más uniforme. Más compacto.
Pueden albergar billones de estrellas, en su mayoría viejas y de tonos rojizos. Ese detalle no es menor: habla de sistemas que han agotado su capacidad de generar nuevas estrellas. En cierto modo, representan una fase avanzada de evolución galáctica.
¿Qué define realmente a una galaxia elíptica?
Su forma es el primer rasgo evidente. Algunas son casi esféricas. Otras, más alargadas, adoptan perfiles ovoides. En la clasificación de Hubble se etiquetan como E0 a E7, dependiendo de su grado de elipticidad.
Pero hay algo más. La distribución de la luz. En estas galaxias no hay grandes contrastes ni estructuras visibles. El brillo cae de forma progresiva desde el centro brillante hacia las regiones externas, sin interrupciones. Todo parece más homogéneo. Más suave.
Además, apenas contienen gas o polvo interestelar. Y eso tiene consecuencias directas. Sin ese material, la formación de nuevas estrellas se vuelve prácticamente inexistente. No hay “combustible” para ello.
Un universo envejecido en su interior
Las estrellas que dominan estas galaxias son antiguas. Predominan las de tipo K y M, es decir, estrellas más frías y rojizas. Las grandes estrellas azules jóvenes prácticamente no aparecen.
Esto sugiere un pasado muy distinto. Hubo una época en la que estas galaxias formaban estrellas con intensidad. Mucha. Pero ese proceso se detuvo hace miles de millones de años.
¿Por qué? No hay una única causa. Por un lado, el gas disponible pudo consumirse rápidamente en episodios intensos de formación estelar. Por otro, procesos energéticos —como supernovas o la actividad de agujeros negros— pudieron expulsarlo o calentarlo, impidiendo que volviera a colapsar.
Fusiones: el origen más probable
El escenario más aceptado apunta a colisiones entre galaxias. Fusiones a gran escala. Cuando dos galaxias espirales chocan, sus estructuras ordenadas se destruyen. Las estrellas se redistribuyen. El sistema pierde su forma inicial.
Durante ese proceso, el gas se concentra en las zonas centrales. Se desencadenan estallidos de formación estelar muy intensos. Pero duran poco. El combustible se agota o es expulsado. Y el resultado final es una galaxia más estable, sin capacidad para seguir formando estrellas.
Con el tiempo, algunas de estas galaxias siguen creciendo. Lo hacen absorbiendo otras más pequeñas. Es lo que se conoce como canibalismo galáctico. Un proceso lento, pero continuo.
Núcleos activos y agujeros negros gigantes
En el centro de muchas galaxias elípticas se esconden agujeros negros supermasivos. Algunos alcanzan miles de millones de veces la masa del Sol. No son simples espectadores.
Cuando estos agujeros negros están activos, liberan enormes cantidades de energía. Generan chorros, vientos y radiación. Todo eso interactúa con el entorno. Calienta el gas. Lo expulsa. Y, en consecuencia, frena cualquier intento de formación estelar.
Es un mecanismo clave. Explica por qué estas galaxias, pese a su tamaño, permanecen inactivas durante miles de millones de años.
De las más pequeñas a auténticos gigantes
No todas las galaxias elípticas son iguales. Las hay pequeñas, con apenas unos millones de estrellas. Son difíciles de detectar y abundan en cúmulos galácticos.
En el otro extremo están las galaxias elípticas gigantes. Verdaderos colosos. Contienen billones de estrellas y pueden extenderse cientos de miles de años luz. Suelen ocupar posiciones centrales en cúmulos, dominando gravitacionalmente su entorno.
Estas galaxias también presentan halos estelares extensos, poblados por cúmulos globulares. En algunos casos, miles. Muy por encima de los que encontramos en la Vía Láctea.
Casos bien conocidos
Una de las más estudiadas es Messier 87, situada en el cúmulo de Virgo. Contiene un agujero negro supermasivo cuya imagen dio la vuelta al mundo en 2019.
Además, presenta un chorro de plasma que se extiende miles de años luz desde su núcleo, visible en distintas longitudes de onda.
Otra galaxia destacada es NGC 4889, que alberga uno de los agujeros negros más masivos conocidos. Y también Centaurus A, más cercana y con una actividad nuclear intensa.
Un papel clave en la evolución del universo
Las galaxias elípticas no solo son el resultado de procesos pasados. También ayudan a entender cómo evoluciona el universo a gran escala. Aparecen con mayor frecuencia en entornos densos, como los cúmulos galácticos, donde las fusiones son más probables. En regiones más aisladas, en cambio, son menos comunes.
Además, su dinámica permite estudiar la materia oscura. La forma en la que se mueven sus estrellas revela la presencia de grandes halos invisibles que dominan su masa.
En muchos casos, estas galaxias representan el destino final de la evolución galáctica: una etapa tranquila, sin grandes cambios, donde las estrellas envejecen lentamente mientras el universo sigue expandiéndose.