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Sondas Voyager

Hay historias que, vistas con perspectiva, parecen casi imposibles. La de las sondas Voyager 1 y Voyager 2 es una de ellas.

Cuando fueron lanzadas en 1977, en plena carrera tecnológica del siglo XX, el objetivo era relativamente modesto: estudiar los planetas gigantes durante unos pocos años y enviar información a la Tierra. La misión, de hecho, estaba pensada para durar apenas cuatro años. Después, lo lógico habría sido perder el contacto.

Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. Con el paso del tiempo, aquellas sondas no só lo cumplieron sus objetivos, sino que los superaron con creces. Hoy, casi cinco décadas después, siguen operativas y se han convertido en los objetos fabricados por el ser humano más lejanos que existen. Y no es un matiz menor: ambas han salido ya del sistema solar.

Una oportunidad que no se iba a repetir en generaciones

Todo empezó con una circunstancia muy concreta. Tal y como dice el dicho, “los planetas se habían alineado” de manera literal. Y es que a finales de los años 70, los planetas exteriores —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno— se encontraban en una posición que permitía encadenar varios encuentros utilizando la gravedad de cada uno de ellos.

Sobre el papel, la idea era elegante y casi cinematográfica. Una nave podía acercarse a un planeta, aprovechar su campo gravitatorio para ganar velocidad y salir despedida hacia el siguiente destino.

Esta estrategia, también conocida como asistencia gravitacional, reducía de forma inimaginable la necesidad de combustible y, además, abría la puerta a una exploración mucho más ambiciosa de lo habitual.

Sin embargo, no todo es de color rosa. Había un problema evidente: esta alineación no es, para nada, frecuente. De hecho, esto sólo se repite aproximadamente cada 175 años.

Por lo tanto, si no se aprovechaba en ese momento, habría que esperar generaciones y siglos para volver a intentarlo. Por esta razón, la NASA decidió lanzar dos sondas prácticamente idénticas pero con trayectorias ligeramente distintas. El objetivo era maximizar las posibilidades de éxito.

Júpiter y Saturno y un sistema solar mucho más complejo

La primera gran parada de este viaje tuvo lugar en 1979, cuando las Voyager alcanzaron el gigante Júpiter. Hasta esa fecha, lo único que se sabía del planeta venía principalmente de observaciones desde la Tierra, lo que limitaba enormemente el nivel de detalle. Las imágenes enviadas por las sondas cambiaron esa percepción de forma radical.

Algunos ejemplos claros son el hecho de que se detectara actividad volcánica en Ío, una de sus múltiples lunas, lo que supuso la primera evidencia de volcanismo activo fuera de la Tierra. Otro descubrimiento clave fue la presencia de un sistema de anillos tenue en Júpiter, sin olvidar que se confirmó que su atmósfera mostraba una complejidad dinámica mucho mayor de la esperada.

La segunda gran parada fue el planeta enjoyado, Saturno, entre 1980 y 1981, y no se quedó atrás en cuanto a descubrimientos. Sus anillos, que desde nuestra perspectiva parecían estructuras simples, se revelaron como un entramado extremadamente detallado, formado por miles de subdivisiones.

A esto se sumó Titán, una luna con una atmósfera densa y rica en nitrógeno y compuestos orgánicos, que se convirtió rápidamente en uno de los grandes focos de interés científico.

Fue precisamente en este punto cuando las trayectorias de ambas sondas comenzaron a diferenciarse. En el caso de Voyager 1, se aproximó a Titán con mayor detalle, lo que la desvió fuera del plano del sistema solar. Ese hecho, aunque científicamente valioso, le impidió continuar hacia los planetas más lejanos.

Por el contrario, la Voyager 2 siguió el camino hacia Urano y Neptuno.

Urano y Neptuno, los planetas más enigmáticos

Gracias a esa ruta, Voyager 2 se convirtió en la única nave que ha visitado Urano y Neptuno. En Urano, en 1986, los datos confirmaron que se trata de un planeta con una inclinación extrema, cercana a los 98 grados, lo que implica que gira prácticamente “tumbado”. Su campo magnético presentaba además una configuración inusual, desplazada respecto al centro del planeta.

Tres años más tarde, en 1989, la sonda alcanzó Neptuno. Allí se registraron los vientos más intensos del sistema solar, con velocidades superiores a los 2.000 km/h.

También se observó una gran tormenta oscura y la actividad de Tritón, una luna que, pese a sus bajas temperaturas, mostraba géiseres de nitrógeno. Con este último encuentro, la misión principal llegaba a su fin. Sin embargo, las sondas seguían funcionando.

Más allá del sistema solar: una nueva fase no prevista

Tras terminar su aventura por los planetas gigantes, ambas Voyager continuaron alejándose del Sol. Durante años, sus instrumentos comenzaron a detectar cambios progresivos en el entorno espacial, lo que indicaba una transición hacia una región distinta.

Ese cambio se confirmó con el cruce de la heliopausa, el límite donde el viento solar deja de ser dominante. Voyager 1 alcanzó esta frontera en 2012, mientras que Voyager 2 lo hizo en 2018. Desde entonces, ambas operan en el espacio interestelar.

Los datos recogidos han permitido comprobar que esta región es más compleja de lo esperado, con una mayor densidad de partículas y campos magnéticos más dinámicos.

«Herramientas old school» de la NASA que siguen funcionando

Uno de los aspectos más llamativos de estas misiones es la durabilidad de su tecnología. Diseñadas en los años 70, las Voyager cuentan con sistemas muy limitados si se comparan con cualquier dispositivo actual. Y aun así, han demostrado una fiabilidad extraordinaria.

Su funcionamiento depende de generadores termoeléctricos alimentados por plutonio-238, lo que les permite seguir operativas a grandes distancias del Sol. La comunicación con la Tierra se mantiene gracias a la red de espacio profundo de la NASA, aunque la velocidad de transmisión es cada vez menor.

Un mensaje que seguirá viajando durante millones de años

Cada una de las sondas transporta un Disco de Oro, concebido como un mensaje simbólico sobre la humanidad. Incluye sonidos naturales, música de diferentes culturas, saludos en múltiples idiomas e imágenes de la vida en la Tierra.

Esta idea fue impulsada por Carl Sagan, quien lo planteó como una forma de dejar constancia de nuestra existencia en el universo.

Un viaje que no termina

Aunque se prevé que las Voyager dejen de transmitir datos entre 2025 y 2030, su trayectoria continuará indefinidamente. Sin capacidad de comunicación, seguirán avanzando por el espacio interestelar durante millones de años. En silencio, pero no detenidas.

Convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una de las huellas más duraderas que la humanidad ha dejado fuera de la Tierra.