Azules, libres y radiactivos: así son los perros que viven (y persisten) en Chernóbil

Entre ruinas y radiación, los perros de Chernóbil sobreviven. Algunos, incluso, con un pelaje azul que desconcierta a los científicos.

Javier Castaño

Entre los restos oxidados y el silencio que domina la zona de exclusión de Chernóbil, tres perros corren con el pelaje teñido de azul. La imagen desconcierta. Los voluntarios que trabajan allí los vieron por primera vez a mediados de octubre. Los grabaron. No entendían qué había pasado.

El vídeo, compartido por Clean Futures Fund, dio la vuelta al mundo. Algunos pensaron en radiación, mutaciones, secuelas del desastre de 1986. Pero la organización aclaró pronto que no se trataba de nada de eso. Los perros, explicaron, se habían metido probablemente en una letrina química con fugas. Un simple accidente. La coloración, temporal.

Aun así, el episodio volvió a poner en el foco a los animales que sobreviven en Chernóbil, descendientes de los que fueron abandonados durante la evacuación. En los últimos años, los científicos han encontrado en ellos algo más profundo que una curiosa mancha azul.

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Una adaptación que desconcierta a los científicos

Desde hace tiempo, un grupo de biólogos de la Universidad de Princeton estudia cómo los perros y lobos del área han logrado vivir en un entorno donde la radiación sigue presente. La investigadora Cara Love y su equipo analizaron muestras de sangre y ADN. Querían entender por qué seguían sanos.

Los resultados sorprendieron. Los animales estaban expuestos a dosis seis veces superiores a las que puede soportar un humano con equipo de protección. Pero no enfermaban. Tampoco mostraban más casos de cáncer. Algo en su genoma había cambiado.

Los investigadores encontraron mutaciones que refuerzan su sistema inmunitario. Una especie de defensa heredada, fruto de la exposición constante y de la supervivencia de los más resistentes. Algunos lo llaman evolución acelerada, otros selección natural en tiempo real.

Chernobyl
Fuente: Banco de imágenes Canva

La vida que se niega a desaparecer

Hoy se calcula que hay más de 700 perros y unos 100 gatos dentro del perímetro de exclusión. Los voluntarios los alimentan, los vacunan, intentan controlar su población. Algunos viven dentro del propio recinto de la central. Se mueven entre hierros y cemento, como si aquel lugar, condenado al abandono, fuera su hogar.

Los lobos también han vuelto. Son los nuevos dueños del territorio. Prosperan más que en muchos parques naturales del este de Europa. Se alimentan de presas contaminadas y, aun así, prosperan.

Los tres perros azules fueron solo un reflejo de todo eso: una postal de un ecosistema que, contra todo pronóstico, ha aprendido a resistir.

Chernóbil ya no es solo el símbolo del desastre. Es también el de una vida que, entre ruinas y radiación, sigue encontrando la forma de continuar.