COP30: Otra cumbre del clima que termina sin el gran acuerdo esperado

Como en otras COP, la COP30 cierra sin alcanzar los acuerdos más importantes que pongan fecha al fin de la quema de combustibles fósiles y acciones para limitar calentar el planeta más de 1.5C

Mario Picazo

Este año, la COP30 celebrada en Brasil llegaba rodeada de expectativas. Muchos la veían como la última oportunidad real para que casi 200 países acordaran un plan claro para evitar que la temperatura del planeta supere el grado y medio de calentamiento respecto a periodos preindustriales.

Lo cierto es que llevamos años mencionando y recalcando este dato sin hacer gran cosa para evitarlo. Según los expertos, ese es el límite de temperatura más allá del cual los impactos del cambio climático pueden verse seriamente amplificados.

COP30: Un pacto global que vuelve a quedarse corto

Han transcurrido dos semanas de conferencia, se cierra la puerta del debate y la negociación y, un año más, lo ha hecho sin que aparezca ese gran pacto global que se necesitaba. Sí se han puesto sobre la mesa “algunos” avances etiquetados como “positivos”, pero no el tipo de acciones que realmente sirvan para enderezar el rumbo del planeta.

El término “descafeinado” aparece año tras año en los titulares del resumen de las COP como si de un sinónimo se tratara. Como han declarado algunos participantes, ahora más que nunca necesitamos que las COP lleguen cargadas de cafeína dispuesta a impulsar la acción necesaria.

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Tensiones externas y presiones que frenan la acción climática

Antes incluso de que empezara la cumbre, el debate ya venía algo torcido. La lucha contra el cambio climático siempre se ha topado con amenazas varias que complican la toma de decisiones importantes. Una de ellas es la influencia de grandes fortunas capaces de desviar el foco o restar urgencia al problema.

Un ejemplo ha sido la voz alzada de personas tan influyentes a nivel global como la de Bill Gates. Solo unos días antes de la COP30 difundía una serie de declaraciones polémicas que cuestionaban la necesidad de acelerar la reducción de emisiones.

Más allá de los testimonios de los famosos, el verdadero freno lo han puesto varios países muy dependientes del petróleo y el gas. Entre ellos, Rusia, Arabia Saudí y, en esta COP30, también Estados Unidos, con su actual gobierno negacionista de todo lo que tiene que ver con el cambio climático.

Han aprovechado la norma de “consenso” que rige las negociaciones climáticas de la ONU, donde basta con que unos pocos digan “no” para bloquear un acuerdo. De esa manera se ha conseguido evitar cualquier compromiso transparente sobre la eliminación progresiva de los combustibles fósiles. El resultado ha sido realmente desalentador, ya que al final se ha elaborado un documento falto de ambición que muchos consideraban imprescindible.

El debate sobre el consenso y el papel de las mayorías

Lo vivido en la COP30 vuelve a abrir un debate que lleva tiempo sobre la mesa: ¿tiene sentido que una minoría pueda detener decisiones que afectan al conjunto del planeta? Algunos expertos proponen sustituir el consenso absoluto por una mayoría cualificada, como un 75 % de apoyos.

La ironía es que un cambio así también necesitaría el mismo consenso total que ahora impide avanzar. Lo cierto es que buscar consenso no quiere decir necesariamente que tenga que haber unanimidad. En el día a día, un consenso es un acuerdo ampliamente respaldado, no un sí obligatorio de todas las personas.

Con esa idea en mente, tres cuartas partes de los países serían más que suficientes para tomar decisiones clave, como fijar un calendario realista para dejar atrás los combustibles fósiles y avanzar con los objetivos planteados en muchos frentes que siguen abiertos.

De la COP30 a la COP31: urgencia, dudas y un sistema agotado

La fórmula podría funcionar, aunque se trate de imponer sanciones a algunos de los países más ricos del planeta. En caso de negarse a cumplir con los acuerdos establecidos, podrían enfrentarse a medidas económicas importantes por parte del resto de países que sí apoyan las propuestas.

Habría que pensar cómo establecer esa sanción, pero podría ser algo así como los aranceles que se imponen hoy en día en materia de comercio. Aunque este tipo de acciones sancionadoras no son las más populares, muchos gobiernos consideran que son más efectivas que la estrategia de “señalar y avergonzar”, algo que claramente no funciona con gobiernos que no se sienten amenazados por la presión internacional.

La próxima parada será la COP31, que se celebrará en Turquía en 2026. La sensación general es que algo tiene que cambiar, aunque esa sensación la tenemos cada año que acaba una COP desde hace ya bastantes.

Cada vez más voces en el ámbito de la política climática dicen que el sistema actual de las cumbres ya no funciona como debería. De hecho, casi sería más sostenible evitar el desplazamiento y congregación de más de 100.000 personas de todos los ámbitos, como se ha visto en la COP de Brasil, que celebrar la propia COP. Eso, a pesar de que la organización dice haber compensado buena parte de la huella de carbono, pero quizá sería mejor compensarla para otras actividades que sean más eficaces.

Está claro que el planeta no puede permitirse otra cumbre que se quede a medias tintas como ocurre año tras año. Nos acercamos a 2030 y estamos lejos de cumplir bastantes objetivos planteados en París hace ya una década. Lo que sí sabemos es que el planeta se sigue calentando, degradando y convirtiéndose en un lugar cada vez más extremo en lo meteorológico.

El margen de maniobra es cada vez menor, de ahí que la palabra “adaptación” siga ganando enteros año tras año frente a la de “mitigación”.