El cambio climático ya provoca pérdidas agrícolas millonarias cada año
El aumento sostenido de las temperaturas reduce el rendimiento de los cultivos con pérdidas superiores a los 18.000 millones de euros al año
Mario Picazo
El cambio climático ha dejado de ser una amenaza lejana para convertirse en un problema económico inmediato para la agricultura mundial. El aumento sostenido de las temperaturas ya está reduciendo el rendimiento de algunos de los cultivos más importantes del planeta y provoca pérdidas superiores a los 18.000 millones de euros cada año.
Los daños se concentran especialmente en el maíz, el trigo y la soja, tres productos fundamentales para la alimentación humana, la ganadería y el comercio internacional. Durante las dos últimas décadas, las pérdidas acumuladas relacionadas con el calentamiento global se estiman en alrededor de 350.000 millones de euros.
La producción conjunta de estos cultivos sería aproximadamente un 3,5 % mayor si no se hubiera producido el calentamiento registrado durante los últimos años. Aunque este porcentaje puede parecer reducido, su impacto económico es enorme debido al volumen de alimentos que se cultiva y comercializan en todo el mundo.

El calor extremo y la sequía los principales enemigos de los cultivos
El incremento de las temperaturas afecta a la vegetación durante todas las fases de su desarrollo. Sin embargo, los daños son especialmente graves cuando el calor extremo coincide con momentos delicados como la floración, la polinización o el llenado del grano.
El maíz es uno de los cultivos más vulnerables. Un episodio de temperaturas muy elevadas durante la polinización puede reducir considerablemente el número de granos que se forman. El trigo también pierde productividad cuando el calor acelera demasiado su maduración, mientras que la soja sufre descensos importantes cuando la falta de agua y las altas temperaturas se prolongan durante varias semanas.
El aumento de las temperaturas también aumenta la evaporación del suelo y las necesidades de riego. En las regiones donde el agua ya es escasa, esta mayor demanda puede provocar restricciones, elevar los costes de producción y reducir todavía más las cosechas.
A ello se suma la mayor frecuencia de sequías prolongadas, olas de calor, incendios, tormentas intensas e inundaciones. Todos estos fenómenos pueden dañar directamente las explotaciones agrícolas, degradar los suelos y dificultar la planificación de las campañas.
Las pérdidas agrícolas podrían multiplicarse por ocho
Las previsiones para las próximas décadas son preocupantes. De continuar el progresivo aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, también lo hará el aumento térmico. Un escenario que implicaría pérdidas económicas asociadas al maíz, el trigo y la soja que podrían multiplicarse aproximadamente por ocho antes de finalizar el siglo.
Este impacto no solo afecta a los agricultores. Si se mantiene la reducción de la producción mundial podría encarecer los alimentos, aumentar la dependencia de las importaciones y generar una mayor inestabilidad en los mercados internacionales.
El riesgo aumenta cuando varias grandes regiones productoras sufren al mismo tiempo episodios de sequía o calor extremo. Si las cosechas disminuyen simultáneamente en diferentes continentes, resulta más difícil compensar el déficit mediante el comercio internacional y los precios pueden subir con rapidez.
Esta situación afectaría especialmente a los países con menores ingresos y a las familias que destinan una parte elevada de su presupuesto a la alimentación.

El impacto del cambio climático en la agricultura española
España se encuentra entre los países europeos más expuestos a los efectos del calentamiento global sobre la agricultura. El aumento de las temperaturas, la reducción de la humedad del suelo, el aumento del estrés hídrico y la mayor irregularidad de las precipitaciones están modificando las condiciones en las que se desarrollan numerosos cultivos.
Las olas de calor son cada vez más tempranas y pueden afectar al trigo y la cebada durante las últimas fases de crecimiento. Cuando ocurren, se acelera la maduración y se reduce el tamaño del grano.
Los cereales de secano son especialmente sensibles a la falta de lluvia durante el invierno y la primavera, por lo que una sequía prolongada puede provocar fuertes descensos de producción.
El olivo es otro de los cultivos que se enfrenta a nuevos tiempos. Las temperaturas excesivamente altas durante la floración pueden dificultar la formación del fruto, mientras que la escasez de agua reduce el rendimiento y puede alterar la calidad del aceite.
En el viñedo, el calor adelanta la vendimia, aumenta la concentración de azúcares y puede modificar la acidez, el aroma y otras características de la uva.
Otros cultivos, como los cítricos, las frutas de hueso, el almendro y las hortalizas, también pueden verse afectados por la combinación de calor, sequía y menor disponibilidad de agua para el riego. En algunas regiones, los inviernos más suaves reducen las horas de frío que necesitan determinados frutales para completar correctamente su ciclo.
En zonas agrícolas del sur, del este peninsular y los archipiélagos el impacto viene condicionado sobre todo por una presión hídrica creciente. Al mismo tiempo, el norte de España puede convertirse en un territorio más favorable para algunos cultivos, aunque también deberá afrontar episodios de calor, nuevas plagas y precipitaciones más irregulares.
Con el cambio climático también llega la expansión de insectos, hongos y enfermedades capaces de sobrevivir durante inviernos cada vez más suaves. Esto puede incrementar el uso de tratamientos, elevar los costes y obligar a los agricultores a modificar sus prácticas.
El precio de los alimentos también puede aumentar
La pérdida de cosechas tiene consecuencias a lo largo de toda la cadena alimentaria. Cuando disminuye la producción de cereales, frutas, hortalizas o aceite, los precios pueden subir desde el campo hasta los supermercados.
Además, la menor disponibilidad de maíz, trigo o soja repercute sobre el coste de los piensos utilizados en la ganadería. Esto puede encarecer la producción de carne, huevos y productos lácteos, extendiendo el impacto del calentamiento a buena parte de la cesta de la compra.
Tampoco hay que olvidar el aumento de los costes del agua, la energía, los seguros agrarios y los tratamientos contra plagas, ya que añade una presión adicional sobre las explotaciones. Las pequeñas y medianas fincas son especialmente vulnerables, ya que suelen disponer de menos recursos para invertir en tecnología, infraestructuras de riego o nuevas variedades.

Adaptar la agricultura a un nuevo clima
La agricultura ya está adoptando medidas para responder a estas nuevas condiciones. Entre ellas se encuentran el desarrollo de variedades más resistentes al calor y la sequía, la modificación de los calendarios de siembra, la mejora de la eficiencia del riego y el uso de técnicas que permiten conservar mejor la humedad del suelo.
La agricultura de precisión puede ayudar a utilizar el agua y los fertilizantes únicamente donde son necesarios. Los sensores, las imágenes de satélite y los modelos meteorológicos permiten detectar el estrés de los cultivos y anticipar algunos riesgos.
Otra tarea pendiente es la de diversificar las producciones, proteger los suelos frente a la erosión y recuperar variedades locales adaptadas a condiciones climáticas cada vez más exigentes.
La mejora de los seguros agrarios y de los sistemas de alerta temprana será fundamental para reducir las pérdidas causadas por sequías, granizo, heladas tardías, inundaciones y olas de calor.
A pesar de planificar mejor la adaptación de los cultivos al nuevo clima que se va instalando, tiene límites. Por mucho que mejoren las técnicas agrícolas, será cada vez más difícil mantener la productividad si las temperaturas continúan subiendo y la disponibilidad de agua sigue disminuyendo.
Un desafío para la seguridad alimentaria mundial
El calentamiento global está transformando la manera en la que se producen los alimentos. Los daños que antes se asociaban a episodios aislados están convirtiéndose en una tendencia persistente que afecta a las principales regiones agrícolas del planeta.
La combinación de temperaturas récord, sequías más intensas y fenómenos meteorológicos extremos amenaza con reducir la producción mundial durante las próximas décadas. Para frenar esta tendencia será necesario combinar la adaptación de la agricultura con una reducción rápida y sostenida de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Si no se toman las medidas adecuadas, las pérdidas económicas van a seguir aumentando y sus efectos llegarán desde las explotaciones agrícolas hasta los mercados y los hogares. El coste del cambio climático no se medirá únicamente en miles de millones de dólares, sino también en alimentos más caros, agricultores más vulnerables y una creciente inseguridad alimentaria.