El día en que el Drina (Bosnia) deja de ser un río y empieza a parecer un vertedero en movimiento
El problema aparece siempre en invierno: más caudal, más arrastre y una gestión de residuos que no evita que el río colapse.
Javier Castaño
No es una sorpresa. Tampoco es un accidente. En el este de Bosnia, el río Drina vuelve a hacer lo mismo que cada invierno: crecer, arrastrar y amontonarlo todo. Esta vez, de nuevo, toneladas de residuos flotan y se atascan junto a una central hidroeléctrica en Višegrad. Botellas de plástico. Muebles. Electrodomésticos. Bidones oxidados. Incluso residuos médicos.
La imagen impacta, pero lo importante está antes. Mucho antes. Porque el problema no empieza cuando aparece la basura. Empieza cuando llueve durante días, cuando la nieve se derrite de golpe y cuando el río recupera una fuerza que no tiene en verano.
Cuando el agua sube, el problema despierta
Durante los meses cálidos, el Drina es casi otro río. Caudal más bajo. Agua clara. Turismo. Rafting. Orillas tranquilas. En invierno, cambia el guión.
Las lluvias persistentes y el deshielo elevan el nivel del agua y muerden las orillas, donde desde hace años se acumulan vertederos ilegales. Basura que parecía inmóvil. Olvidada. Hasta que el agua la encuentra. El río no distingue. No selecciona. Arrastra.
Afluentes pequeños, arroyos secundarios y cauces estacionales descargan residuos desde distintos puntos de Bosnia, Serbia y Montenegro. Todo acaba viajando en la misma dirección. Todo acaba concentrándose río abajo, donde la corriente pierde velocidad y las barreras hacen de tapón. No es una catástrofe repentina. Es un proceso repetido.
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Tres países, una misma corriente… y nadie asume el origen
El Drina cruza fronteras. La basura también. Lo que empieza en Montenegro puede aparecer días después en Bosnia, tras atravesar Serbia. Un problema transfronterizo, pero sin una gestión común real.
Los activistas locales lo explican con crudeza: la basura llega de tres países, pero nadie quiere reconocerla como propia. Cada invierno hay reuniones, declaraciones y promesas. Y cada invierno, el río vuelve a colapsar.
Mientras tanto, las máquinas trabajan. Excavadoras. Grúas. Barreras flotantes hechas con bidones. Una limpieza espectacular que resuelve el síntoma, pero no la causa.
El daño que no se ve bajo el plástico
El Drina no es sólo una postal verde. Es un río rico en peces, en biodiversidad, en vida. Cuando se acumulan toneladas de residuos, no sólo cambia el paisaje. Cambia el agua.
Plásticos fragmentados, metales, restos orgánicos y productos químicos liberan toxinas que se incorporan al ecosistema. El impacto no desaparece cuando se retira la basura visible. Permanece.
Y hay otro golpe silencioso: el económico. El turismo de naturaleza, clave en la región durante el verano, queda marcado por imágenes que recorren Europa cada invierno. Un río asociado a contaminación no se recupera fácilmente en la memoria colectiva.
Limpian el río… y la basura vuelve al aire
Aquí aparece otro problema menos visible. Cuando se retiran los residuos del cauce, no siempre hay una gestión adecuada posterior. Parte de esa basura termina en vertederos locales donde se quema lentamente, liberando partículas contaminantes a la atmósfera.
El resultado es perverso: la basura contamina el agua, luego contamina el aire y el ciclo vuelve a empezar. Un círculo vicioso que afecta a una región ya castigada por décadas de retraso en infraestructuras ambientales.
El clima como amplificador del desastre
El Drina siempre ha tenido crecidas invernales. Eso no es nuevo. Lo que está cambiando es la intensidad y la concentración de los episodios. Más lluvia en menos tiempo. Deshielos más bruscos. Subidas rápidas del caudal. Eso significa más capacidad de arrastre, más erosión de las orillas y más basura entrando de golpe en el sistema fluvial.
El río no decide contaminarse. Responde a la meteorología y a una gestión de residuos deficiente que lleva años esperando una solución estructural.
Un examen pendiente para Europa
Bosnia y Herzegovina, Serbia y Montenegro aspiran a entrar en la Unión Europea. La protección del medio ambiente es una condición clave. Episodios como el del Drina no son una anécdota: son una prueba fallida.
Décadas después de las guerras de los noventa, la región sigue arrastrando problemas básicos de gestión ambiental. Falta inversión, coordinación y continuidad política. El río lo recuerda cada invierno, sin discursos. El Drina no se llena de basura por azar. Se llena porque el agua hace su trabajo y porque nadie ha hecho el suyo río arriba.