El dique imposible que algunos científicos plantean para evitar un giro climático en Europa
Un proyecto de geoingeniería propone cerrar parcialmente el estrecho de Bering para intentar proteger la circulación atlántica.
Mario Picazo
La posibilidad de que una de las grandes corrientes oceánicas del planeta se debilite hasta un punto crítico ha llevado a la comunidad científica a estudiar escenarios que, hace apenas unos años, habrían parecido impensables.
Uno de los más llamativos plantea construir un enorme dique en el estrecho de Bering, la franja marina que separa Alaska de Rusia, para intentar frenar el riesgo de colapso de la AMOC, la circulación atlántica que ayuda a regular el clima de Europa y de buena parte del hemisferio norte.
La propuesta, desarrollada por investigadores de la Universidad de Utrecht, en Países Bajos, plantea cerrar parcialmente el intercambio de agua entre el Pacífico y el Ártico mediante una infraestructura colosal de unos 80 kilómetros de longitud.
El objetivo sería limitar la entrada de agua relativamente dulce hacia el océano Ártico y, con ello, reducir uno de los factores que puede debilitar la circulación oceánica del Atlántico Norte.
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Qué es la AMOC y por qué su debilitamiento preocupa tanto
La AMOC, siglas en inglés de Atlantic Meridional Overturning Circulation, funciona como una gran cinta transportadora oceánica. Mueve aguas cálidas desde las zonas tropicales hacia el Atlántico Norte y devuelve aguas frías y profundas hacia latitudes más bajas.
Ese intercambio tiene un papel clave en el clima. Gracias a este sistema, Europa occidental mantiene unas temperaturas más suaves de las que corresponderían por su latitud. No es el único factor que influye, pero sí uno de los grandes reguladores del clima en el Atlántico Norte.
El problema es que el calentamiento global está alterando ese equilibrio. El deshielo acelerado de Groenlandia y el aumento de las precipitaciones incorporan grandes cantidades de agua dulce al Atlántico Norte.
Esa entrada reduce la salinidad del agua y dificulta que las masas frías se hundan, un proceso esencial para mantener activa la circulación oceánica.
Algunos estudios recientes han señalado que la AMOC ya muestra señales de debilitamiento. Todavía existe debate científico sobre cuándo podría alcanzarse un punto crítico, pero el riesgo ha dejado de tratarse como una hipótesis lejana.

Un dique entre Alaska y Rusia para intervenir en los océanos
La idea del megadique se centraría en el estrecho de Bering, un paso de algo más de 80 kilómetros de anchura entre Asia y América. Allí, una barrera marina limitaría el flujo de agua del Pacífico hacia el Ártico.
Según la hipótesis planteada, si se actuara con suficiente antelación y la AMOC aún conservara cierta intensidad, cerrar parcialmente este paso podría ayudar a estabilizar la circulación atlántica. No se trataría de revertir el calentamiento global, sino de intentar retrasar o reducir el riesgo de un colapso completo.
La escala del proyecto, sin embargo, es difícil de imaginar. El Ártico presenta condiciones extremas, con hielo marino, corrientes complejas, bajas temperaturas y una ingeniería de enormes exigencias. A ello se suma otro factor nada menor: las tensiones geopolíticas entre Rusia y Estados Unidos.
Por eso, los propios investigadores reconocen que no se trataría de una solución sencilla ni cercana. Más bien, la propuesta evidencia hasta qué punto la comunidad científica está empezando a debatir medidas extremas ante algunos de los riesgos asociados al cambio climático.

Qué pasaría si la AMOC colapsa
Un colapso de la AMOC tendría consecuencias de gran alcance. Europa podría experimentar inviernos mucho más fríos, cambios importantes en los patrones de lluvia y una mayor alteración de los fenómenos extremos.
Los impactos no se limitarían al continente europeo. También podrían verse afectados los monzones tropicales, la pesca, los ecosistemas marinos y el nivel del mar en la costa este de Norteamérica.
En España, un debilitamiento importante de la circulación atlántica podría modificar la trayectoria de las borrascas, alterar la distribución de las lluvias y aumentar los contrastes térmicos entre estaciones.
Muchos de estos escenarios mantienen incertidumbres, pero apuntan a cambios relevantes tanto en el entorno atlántico como en el mediterráneo.
Geoingeniería climática: una propuesta extrema, no una solución definitiva
El dique del estrecho de Bering se enmarca dentro de la llamada geoingeniería climática, un conjunto de intervenciones humanas a gran escala destinadas a modificar partes del sistema climático para reducir algunos impactos del calentamiento global.
Este tipo de propuestas despierta un interés creciente, pero también muchas cautelas. Alterar el intercambio natural de aguas entre océanos podría generar efectos secundarios difíciles de prever en los ecosistemas, las corrientes marinas, la pesca y el clima regional del Ártico y del Pacífico Norte.
Además, los investigadores insisten en una idea clave: una infraestructura de este tipo no resolvería la causa principal del problema. El origen del debilitamiento de la AMOC está ligado al calentamiento provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero.
Por eso, aunque el proyecto parezca salido de una novela futurista, su importancia está más en la advertencia que en la viabilidad inmediata.
La posibilidad de construir un dique entre Alaska y Rusia refleja la gravedad del debate científico sobre la AMOC, pero la vía principal para reducir el riesgo sigue siendo la misma: recortar rápidamente las emisiones de CO₂, acelerar la transición energética y limitar el calentamiento global.