El océano cambia: se va La Niña y vuelve un posible “súper El Niño” que sacudiría el clima
El Niño llegará durante los próximos meses, probablemente con intensidad. Sus consecuencias se notarán en sus zonas de influencia
Roberto Granda
La Niña, que nos ha estado acompañando los últimos meses, ha llegado a su fin según la actualización más reciente. Nos encontramos ahora en un estado de ENSO neutro, a la espera de que El Niño comience a consolidarse.
Según las previsiones más actualizadas, es casi seguro que El Niño ya estará presente, de forma débil, en el verano (trimestre junio-julio-agosto). De cara a final de año, si las previsiones se cumplen, probablemente estaremos en un escenario de El Niño moderado o intenso.
La transición: de La Niña a El Niño
Durante los próximos meses, el estado del índice ENSO irá cambiando. Desde la neutralidad actual hacia los valores positivos, propios de un evento de El Niño.
De acuerdo a las previsiones de la NOAA, es probable que ya en el trimestre mayo-junio-julio se pueda confirmar la existencia de un evento de El Niño débil. Será, no obstante, en el verano cuando se podrá casi seguro afirmar su existencia de cumplirse el escenario previsto.

De cara al otoño, el evento ya se podría clasificar como moderado a fuerte (trimestres septiembre-octubre-noviembre). En el inicio del invierno y final del otoño (noviembre a enero), las previsiones señalan incluso una probabilidad destacable de tener un evento de El Niño muy fuerte, con un índice superior a 2 ºC.
El modelo ECMWF apunta a un «SuperNiño»
El modelo del centro europeo de predicción a medio y largo plazo, el ECMWF, apunta en sus previsiones estacionales para el índice ENSO a la probabilidad de un «Super Niño».
Este modelo probabilístico que maneja el centro indica que es probable un escenario donde el índice supere los 2 ºC de intensidad, e incluso los 2.5 ºC. De cumplirse, sería un evento extremadamente fuerte.

No obstante, esto es solo una previsión, y no está claro qué ocurrirá. Predecir con exactitud la intensidad de uno de estos eventos es muy complicado, y en el pasado los modelos han sobreestimado otros eventos.
¿Cuándo se habla de un “súper El Niño”?
No todos los episodios de El Niño tienen la misma intensidad. Algunos años el calentamiento del océano es especialmente fuerte y se mantiene durante más tiempo de lo habitual. Cuando ocurre algo así, los climatólogos utilizan el término “súper El Niño”.
Estos episodios extremos son poco frecuentes, pero cuando se producen pueden amplificar de forma notable sus efectos climáticos. El océano libera grandes cantidades de calor acumulado hacia la atmósfera, lo que influye en los sistemas meteorológicos de muchas regiones del planeta.
En las últimas décadas se han registrado varios eventos muy intensos, especialmente los de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016. Todos ellos coincidieron con importantes anomalías climáticas a escala global.
Impactos y desafíos para la predicción climática
Los efectos de El Niño no se manifiestan de la misma forma en todas las regiones del planeta. En algunos países de la costa del Pacífico sudamericano suele provocar lluvias intensas que pueden causar inundaciones. En cambio, en lugares como Australia o parte del sudeste asiático puede favorecer sequías prolongadas.
También puede influir en la intensidad de los monzones en Asia, modificar la actividad de tormentas en el Pacífico o alterar la formación de ciclones tropicales. En el Atlántico, por ejemplo, las condiciones asociadas a El Niño suelen dificultar el desarrollo de huracanes.
En Europa los efectos suelen ser más indirectos. El fenómeno no determina por sí solo el tiempo en el continente, pero sí puede modificar la circulación atmosférica global y alterar algunos patrones meteorológicos.
Comprender cómo evoluciona El Niño es fundamental para anticipar fenómenos meteorológicos extremos y prepararse ante sus posibles consecuencias. Aunque se trata de un proceso natural del sistema climático, su interacción con un planeta cada vez más cálido plantea nuevas preguntas para la investigación científica. Saber cómo evolucionará en las próximas décadas será clave para entender mejor el futuro del clima global.