El vídeo que no querrás ver del Everest: todos los cadáveres que esconde «la zona de la muerte»
Por encima de los 8.000 metros, el Everest se convierte en un entorno letal. Así es la «zona de la muerte» y qué normas cambiarán en 2025.
Javier Diaz
Las imágenes de largas colas de alpinistas detenidos en pasos clave del Everest dieron la vuelta al mundo hace apenas unos años. No era sólo una cuestión de saturación turística: muchos de esos montañeros estaban atrapados en la llamada «zona de la muerte», un tramo que comienza en torno a los 8.000 metros. Allí, el aire es tan escaso que cada minuto de espera se convierte en una amenaza.
El término se popularizó en los años setenta, cuando las primeras expediciones comerciales comenzaron a registrar un número creciente de víctimas. Desde entonces, esa franja se considera un umbral crítico donde el cuerpo humano deja de adaptarse y la permanencia prolongada abre una cuenta atrás sin retorno.
Cómo responde el cuerpo en altitud extrema
La hipoxia es la primera señal de alarma. La presión parcial de oxígeno se reduce a menos del 40% respecto al nivel del mar, y la sangre transporta mucho menos de lo necesario.
El corazón late acelerado, la respiración se vuelve entrecortada y la claridad mental se deteriora. No es raro que aparezcan alucinaciones, pérdida de coordinación y, en los casos más graves, edemas cerebrales o pulmonares que obligan a un descenso inmediato.
El frío extremo no concede tregua. Las temperaturas caen muy por debajo de los -30 °C, la piel se congela en segundos y los ojos se dañan por la radiación ultravioleta. Comer resulta casi inútil: el sistema digestivo se ralentiza y apenas extrae energía de los alimentos. En esas condiciones, sobrevivir es una carrera contra la fisiología.
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Esfuerzos que se multiplican
Quien ha estado en esa altitud describe escenas en las que cada paso requiere varias respiraciones profundas. Un gesto tan simple como ajustar un mosquetón o derretir nieve para beber agua puede consumir minutos enteros. La deshidratación se acelera y dormir en altura se convierte en un riesgo añadido: por eso la mayoría de las expediciones actuales intentan coronar y descender sin pasar la noche en la cumbre.
La meteorología añade un nivel extra de incertidumbre. Los vientos que superan los 100 km/h y las tormentas repentinas pueden cerrar la montaña en cuestión de horas, atrapando a quienes ya se mueven con fuerzas mínimas.
Rescates al límite de lo posible
La idea de un rescate en la «zona de la muerte» es, en la práctica, casi imposible. Se necesita un equipo numeroso, oxígeno extra y horas de esfuerzo para mover a una sola persona. El peso que cada porteador puede cargar en esas condiciones apenas llega a 25 kilos. Cuerdas fijas, poleas y sistemas de anclaje se convierten en aliados indispensables, pero incluso con ellos el riesgo para los rescatadores es enorme.
Por esa razón, muchos cuerpos permanecen en la montaña. Se han convertido en referencias visibles en la ruta, recordatorios silenciosos de la delgada línea que separa la cima del regreso.
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Lo que revela el deshielo
El retroceso glaciar está cambiando la fisonomía del Everest. Lo que antes quedaba sepultado bajo la nieve ahora emerge con el deshielo: cadáveres de alpinistas, botellas de oxígeno, cuerdas, tiendas y material olvidado por expediciones pasadas.
En campañas recientes se han logrado recuperar cuerpos y retirar varias toneladas de residuos. Sin embargo, el mal tiempo retrasa a menudo el traslado hasta Katmandú y obliga a dejar operaciones a medias.
El calentamiento global no sólo desvela restos, también incrementa la inestabilidad de los glaciares, con desprendimientos y avalanchas cada vez más imprevisibles.

Masificación en el techo del mundo
El Everest se ha convertido en un símbolo deportivo, turístico y económico. Pero esa popularidad trae consigo consecuencias: las colas en pasos estrechos obligan a esperar en plena «zona de la muerte», lo que multiplica la exposición al frío, al agotamiento y a la falta de oxígeno. Cada minuto detenido en ese entorno aumenta el riesgo.
Ante esta situación, Nepal ha decidido actuar. A partir de septiembre de 2025 entrarán en vigor nuevas reglas: será obligatorio haber coronado previamente al menos una montaña de 6.500 metros en Nepal, se incrementarán las tasas de permiso y se exigirá un seguro que cubra rescate y recuperación.
Las normas incluyen también un sistema de gestión de residuos, la prohibición de ascensos en solitario, la obligación de contar con un guía por cada dos clientes y el uso de dispositivos de rastreo para facilitar la localización en caso de emergencia.
Con estas medidas, las autoridades buscan profesionalizar el acceso y reducir la improvisación en una de las montañas más peligrosas del planeta.