¿Está el cambio climático detrás de tantos terremotos intensos en 2026?

El cambio climático provoca pequeñas variaciones en la corteza terrestre que en ocasiones pueden desencadenar grandes terremotos

Mario Picazo

Este 2026 está siendo especialmente activo en lo que a actividad sísmica se refiere. Hasta la fecha se han registrado 13 grandes terremotos de magnitud 7.0 o más. Sí existe un vínculo físico plausible y demostrado en determinados lugares entre el clima y la sismicidad, pero sería incorrecto atribuir la aparente oleada mundial de terremotos de 2026 al calentamiento global.

La inmensa mayoría de los terremotos, especialmente los grandes, siguen siendo provocados por la acumulación y liberación de tensiones debidas al movimiento de las placas tectónicas. Además, que en un periodo se sucedan varios terremotos importantes no significa necesariamente que la actividad sísmica global esté aumentando de forma anómala.

Lo llamativo, según apuntan varios estudios, es que el cambio climático sí puede modificar ligeramente las tensiones de algunas fallas.

Cuando estas están en un estado de máxima tensión y apunto de romperse, adelantar o retrasar un terremoto. Es algo así como dar el el pequeño empujón final a un sistema que ya estaba cargado tectónicamente para generar un movimiento sísmico.

Este 2026 llevamos hasta principios del mes de septiembre 13 terremotos de magnitud 7 o mayor. foto: Unsplash

El deshielo es según algunos estudios la conexión más visible

Un glaciar o una capa de hielo de cientos o miles de metros de espesor ejerce una presión gigantesca sobre la corteza. Cuando desaparece hielo debido al calentamiento, se elimina parte de ese peso y la corteza comienza a elevarse, el llamado rebote o ajuste isostático, alterando las tensiones existentes sobre las fallas.

Hay un caso en concreto que ha servido de referencia para varios estudios. Es el del campo de hielo de Glacier Bay, en Alaska. Allí se han registrado reducciones de espesor de hasta 1,5 kilómetros. Como consecuencia, algunas zonas del sureste de Alaska están experimentando levantamientos de la corteza de hasta 4 centímetros al año.

Los cálculos indican que la pérdida de hielo produjo cambios de tensión cerca de donde comenzó el gran terremoto de magnitud 7,8 de 1958. Más llamativo aún resulta que el reajuste asociado a la pérdida de hielo habría favorecido la ruptura en 23 de los 30 terremotos de magnitud igual o superior a 5 analizados en el sureste de Alaska.

Eso no significa que el deshielo los causara, sino que modificó unas fallas que ya estaban sometidas a enormes tensiones tectónicas. Este mecanismo puede cobrar importancia porque el deshielo se está acelerando. Los episodios extremos de fusión superficial en Groenlandia son ahora considerablemente más intensos y 7 de los 10 mayores episodios extremos estudiados se han producido desde el año 2000.

El exceso de precipitación puede ayudar a desencadenar terremotos. foto: Unsplash

Las sequías también pueden favorecer los terremotos

Cuando llueva o nieva menos de lo habitual, el agua acumulada en el subsuelo disminuye. Por eso, las sequías prolongadas reducen el agua almacenada no solo en suelos, también en embalses y acuíferos. Son masas enormes que desaparecen de determinadas regiones provocando un desequilibrio. Esa pérdida de peso permite que la corteza se deforme ligeramente y modifica las tensiones sobre las fallas.

En California, donde las sequias son frecuentes, se ha observado que la pérdida de agua subterránea en el valle de San Joaquín produce un levantamiento de aproximadamente 1 a 3 milímetros al año en las regiones montañosas circundantes. Con una deformación de ese tipo se llega a reducir ligeramente la presión que mantiene cerrada la conocida falla de San Andrés, acercando determinados segmentos al punto de ruptura.

Esto no significa que una sequía vaya a provocar un gran terremoto. Sí se han observado, sin embargo, pequeñas variaciones de la microsismicidad relacionadas con los ciclos hidrológicos.

Las lluvias extremas también pueden influir

Puede ocurrir el fenómeno contrario. Una cantidad extraordinaria de lluvia, nieve o agua subterránea añade miles de millones de toneladas de masa sobre determinadas regiones. Además, el agua que penetra en sistemas de fracturas puede modificar la presión de poros y facilitar pequeños movimientos en fallas que ya se encuentran cerca del punto de ruptura.

En la zona sísmica de New Madrid, en Estados Unidos, se han calculado cambios de tensión provocados por variaciones del almacenamiento de agua. Aunque parezca una cantidad insignificante frente a las enormes tensiones tectónicas, puede ser suficiente para modular estadísticamente la aparición de pequeños terremotos cuando las fallas ya están próximas al fallo.

En el sur de Italia también se ha observado que la sismicidad puede alcanzar máximos coincidiendo con determinadas fases de recarga de los acuíferos. Algo parecido ocurre en el Himalaya, donde las enormes variaciones estacionales de agua asociadas al monzón deforman ligeramente la corteza y pueden modular la microsismicidad.

Con las grandes sequias se modifica la corteza terrestre y pueden llegar terremotos. photo: Unsplash

¿Podemos relacionarlo con los terremotos de 2026?

De momento, no existe evidencia científica para afirmar que la sucesión de terremotos de 2026 sea consecuencia de las temperaturas excepcionalmente altas o del cambio climático. Para demostrar algo así habría que estudiar individualmente cada región y comprobar si la redistribución de hielo o agua produjo cambios de tensión suficientemente importantes sobre las fallas implicadas.

Pero sí se pueden realizar con los datos de que disponemos algunas afirmaciones. En un planeta que se calienta rápidamente como la Tierra, también se redistribuyen enormes cantidades de masa sobre su superficie.

Se derriten glaciares y mantos de hielo, cambia la cantidad de nieve, se intensifican sequías y precipitaciones extremas y fluctúan los acuíferos. Todo ello hace que la corteza terrestre se deforme, aunque sea ligeramente.

No podemos descartar por lo tanto, que el cambio climático no sea un nuevo motor capaz de desencadenar grandes terremotos. En determinadas regiones podría modificar el momento en el que una falla que ya estaba sometida a fuertes tensiones termina rompiéndose.

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