¿Está la geoingeniería en manos de multimillonarios?

La geoingeniería finaciada por las personas más ricas del planeta ha despegado generando un acalorado debate que sigue escalando

Mario Picazo

La Geoingeniería vuelve a estar en boca de todos por razones varias. Durante los últimos años, los fenómenos meteorológicos extremos, olas de calor sin precedentes, huracanes cada vez más intensos, inundaciones que aparecen de la nada, han puesto sobre la mesa ideas que hasta hace poco parecían parte del guion de una película de ciencia ficción

Una de esas ideas que tanto debate genera es la geoingeniería, la noción de intervenir directamente en el sistema climático de la Tierra para intentar detener o revertir fenómenos como el calentamiento global. Pero mientras la crisis climática se intensifica, surge una cuestión igualmente inquietante ¿quién debería decidir si se manipula el clima del planeta?.

Cada vez hay más proyectos de geoingeniería financiados por unos pocos con dinero más que suficiente para invertir en proyectos costosos. foto: NASA

Soluciones tecnológicas con riesgos globales

Las innovaciones tecnológicas implican en ocasiones peligros que afectan a todo el planeta. La geoingeniería abarca una gama diversa de propuestas, desde la inyección de aerosoles en la estratosfera para desviar una fracción de la luz solar, pasando por la alteración del albedo de las nubes marinas, hasta la instalación de colosales sistemas de captura de CO₂

Aunque parezca sacado de una película futurista, algunas de estas técnicas ya se han probado a pequeña escala, y un número creciente de fortunas privadas muestra un interés cada vez mayor en financiarlas o impulsarlas. 

En teoría, la intención puede resultar positiva. Sin embargo, el problema trasciende lo meramente tecnológico. Cualquier intento de intervenir el clima genera repercusiones globales, y esas ramificaciones podrían sentirse en lugares tan remotos como el punto donde se emplea la técnica.

El poder de unos pocos sobre el clima de todos

El poder que ostentan un grupo escaso de multimillonarios sobre el clima que afecta a toda la humanidad resulta alarmante para la comunidad científica. Ciertos proyectos de geoingeniería los promueven multimillonarios sin contar con un marco legal o institucional bien definido. 

No es que por su parte falte preocupación por la situación del planeta, el verdadero problema es otro. Se trata del desequilibrio de poder que se produce cuando un reducido grupo de individuos, con recursos abundantes, puede intervenir en un sistema que impacta a toda la población del mundo.

Manipular la radiación solar que llega a la superficie, alterar la nubosidad o modificar los patrones atmosféricos no es una decisión que se pueda tomar a nivel local. Implica cambios en el clima de otras zonas del mundo y un determinado impacto sobre millones de personas. 

Por ejemplo, podría generar variaciones en el monzón de Asia, transformar la dinámica de sequías que afecta a África o incluso alterar la producción agrícola en América Latina. No es una tecnología con impactos limitados, la atmósfera es un bien compartido, y cualquier manipulación produce efectos que trascienden las fronteras.

Fuente foto: NASA

Ensayos puntuales y una laguna jurídica

Estos últimos años han emergido en la esfera pública experimentos privados envueltos en una escasa transparencia. Globos que sueltan partículas reflectantes, embarcaciones que tratan de disipar nubes sobre el mar y prototipos diseñados para desviar una fracción de la radiación solar

En varios casos esas pruebas se han llevado a cabo sin ningún aval oficial, lo que acaba dejando al descubierto la ausencia de una regulación global. Curiosamente, a diferencia de la aviación, la energía y la minería, la geoingeniería carece de un marco normativo internacional vinculante. 

No hay una regla unificada que precise quién está facultado para actuar, cómo ponderar los riesgos o qué dispositivos de emergencia se activan cuando el resultado no es precisamente el deseado.

¿Prohibir la geoingeniería o apoyarla, pero supervisada? 

La mayoría de los expertos que estudian la evolución de nuestro clima coinciden en que la geoingeniería no puede desecharse por completo. De producirse un calentamiento acelerado, podría erigirse como una herramienta complementaria capaz de reducir ciertos riesgos que pueden tener un importante impacto sobre la población.

Para algunos, solo resultaría aceptable bajo condiciones realmente estrictas. Instaurando por ejemplo una vigilancia internacional abierta y transparente con participación en la investigación de modo independiente. También habría que elaborar mecanismos que faciliten la consecución de la justicia climática con decisiones tomadas entre países, no entre individuos.

Al carecer de esas garantías, la probabilidad de que la geoingeniería se convierta en una solución palpable es complicado. Imaginar que exista una especie de “botón del clima” en manos privadas que permita modificar ciertos aspectos del clima a gusto del consumidor.

Fuente foto: University of Washington

Un futuro que debe decidirse entre todos y no unos pocos

Si un día se opta por desplegar la geoingeniería solar o atmosférica a gran escala, la decisión no podrá ser individual. Lo sensato es que esa decisión tan fundamental se tome de forma colectiva y no de forma individual y privada. Esa elección abrirá la discusión sobre la ética, la desigualdad, la gobernanza y los límites de la tecnología.

El clima es un bien colectivo, y el futuro de la Tierra no puede quedar a merced del capricho, la intuición o el poder económico de una pequeña élite. Acoger la innovación brindada por los que tienen medios económicos para potenciarla siempre será bienvenido. El ingenio humano es imprescindible, pero cuando hablamos de tocar los controles del planeta, el consenso y la colaboración global son la única vía segura.