Está nevando estos días en Salamanca, pero no es nieve lo que cae del cielo
El Pedroso de la Armuña registra una llamativa «nevada» blanca en mayo por la dispersión de semillas de álamos y chopos.
Javier Castaño
En mayo también puede «nevar» en Salamanca. Al menos, eso parece a simple vista en El Pedroso de la Armuña, donde una llamativa cortina blanca ha sorprendido entre calles, cunetas y zonas arboladas.
La escena recuerda a una nevada fuera de temporada, pero no tiene nada que ver con el frío ni con un temporal invernal.
Lo que cae del cielo no son copos, sino pelusas vegetales procedentes de álamos y chopos, árboles habituales en riberas, vegas y entornos húmedos.
En plena primavera, algunas especies del género Populus liberan sus semillas envueltas en una fibra blanca, muy ligera y algodonosa. El viento se encarga después de dispersarlas, creando ese efecto de «nieve» que puede acumularse en el suelo.
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La falsa nevada de los álamos en El Pedroso de la Armuña
Aunque popularmente se habla muchas veces de «nevadas de polen», lo que se ve en estas imágenes no es exactamente polen. Se trata, sobre todo, del material algodonoso que acompaña a las semillas de los álamos y chopos.
Su función es actuar como una especie de paracaídas natural para que la semilla pueda viajar más lejos y encontrar un lugar adecuado donde germinar.
El fenómeno resulta más llamativo cuando coincide con jornadas secas, algo de viento y presencia abundante de estos árboles en el entorno.
Entonces, la pelusa queda suspendida en el aire, se desplaza con facilidad y termina formando pequeños mantos blancos sobre aceras, caminos o vegetación baja.
En la provincia de Salamanca, estos árboles aparecen con frecuencia en zonas de ribera, arroyos, vegas agrícolas y alineaciones plantadas.
Por eso, en determinados puntos, la llegada de mayo puede dejar escenas tan curiosas como la registrada en El Pedroso de la Armuña.
La imagen engaña. Parece nieve, se mueve como nieve y cubre el suelo como nieve, pero responde a un proceso completamente primaveral. Esta vez, la explicación no está en las nubes: está en los árboles.