Un verano negro de incendios en España: 348.000 hectáreas arrasadas, el peor año en tres décadas
El cambio climático amplifica los incendios de sexta generación, aumentando su frecuencia, intensidad y destrucción
Mario Picazo
Este siglo, el cambio climático de origen humano se ha convertido en uno de los principales ingredientes de los incendios que asolan el mundo.
Arde España de la misma forma que arden muchos otros rincones del planeta, donde el clima que hemos ido creando con el paso de los años resulta cada vez más propicio para alimentar los ya conocidos incendios de sexta generación.
Lógicamente, hay otras variables que forman parte de la ecuación de un incendio incontrolable y de las que esta semana se ha hablado largo y tendido en los medios de comunicación. La gestión de nuestros montes, el abandono del medio rural, los pirómanos habituales en nuestro país o la falta de recursos humanos son solo algunos ejemplos de una nutrida lista.
Hasta el 18 de agosto han ardido 348.110 hectáreas, el peor registro en 30 años.
El episodio de incendios que hemos vivido en esta primera quincena de agosto de 2025 estaba anunciado ya desde finales de una primavera excepcionalmente lluviosa. No sólo eso: este verano se esperaba que lo peor de los incendios llegara durante la segunda parte de la estación, más que al principio.
Un retraso respecto a otros años, condicionado por la elevada humedad en la vegetación y en los suelos, que retardó el correspondiente arranque de los fuegos. La lucha contra los numerosos incendios registrados este mes de agosto de 2025 ha sido incesante por parte de bomberos y voluntarios en distintos puntos de España.
Según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), hasta el 18 de agosto se habían quemado aproximadamente 348.110 hectáreas, superando el récord anterior de 2022 y situando a este año como el peor en tres décadas en términos de superficie afectada por el fuego.

Una primavera excepcionalmente lluviosa, la gasolina del fuego
Cuanto más llueve en primavera, mayor es la probabilidad de que el potencial combustible para los incendios —es decir, la vegetación presente en verano— aumente en superficie y densidad. Una primavera de lluvias y nieves abundantes, como la de 2025, ya era un presagio de un verano con alto riesgo de incendios, independientemente de lo que llegara después.
La primavera de 2025 fue una de las más lluviosas desde 1961, especialmente marzo, que batió récords históricos en 14 estaciones de la AEMET, con un total de 278,8 milímetros de lluvia en la península ibérica.
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Mientras unas zonas recibían menos lluvia de lo habitual, otras batían récords de pluviometría, en especial en el centro y sur peninsulares, donde el calor del verano puede ser más intenso.
Tanta precipitación durante semanas ayudó a generar una vegetación exuberante, en particular en matorrales, pastos y otras plantas anuales. Precisamente esas son las que, en la primera quincena de agosto, han actuado como combustible vegetal con un elevado índice de inflamabilidad.

Un arranque de verano tórrido, pero con menor riesgo de incendios
Junio de 2025 fue el mes de junio más caluroso jamás registrado en España desde que existen datos de la AEMET, con una temperatura media de 23,6 °C. Por primera vez, la temperatura media de junio superó a la de los meses tradicionalmente más cálidos, julio y agosto, convirtiéndose en un episodio histórico.
Pese al calor extremo del final de la primavera y del arranque del verano, los incendios no fueron noticia como lo son ahora en agosto. En junio de 2025, España registró alrededor de 2.637 incidentes relacionados con el fuego, de los cuales 1.716 fueron conatos, es decir, incendios que no llegaron a superar una hectárea.
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De hecho, la superficie calcinada hasta el 22 de junio fue de unas 16.734 hectáreas, lo que supone un descenso notable respecto a otros años: un 35,6 % menos que en 2024 y un 51,9 % por debajo de la media de la última década.
Este comportamiento se debió en gran medida a la primavera lluviosa, que permitió mantener la humedad en los suelos y en buena parte de la vegetación.

La segunda tanda de calor extremo en agosto, un polvorín
En junio, el titular sobre el potencial de incendios durante el verano de 2025 debía ser lo mucho que había llovido en primavera. Esa era la noticia que expertos, medios y políticos debieron resaltar una y otra vez antes de que llegaran las ya conocidas olas de calor, cada vez más intensas y duraderas.
Hasta el 22 de junio se quemaron 16.734 hectáreas, un 51,9 % menos que la media de la década.
No hubo tantos incendios con los primeros calores extremos de junio y principios de julio, pero sí con la segunda gran ola de calor en agosto. Una vez secos los suelos y la vegetación, y con las condiciones que genera la regla de los tres 30, era inevitable que el fuego se extendiera por miles de hectáreas en cuestión de días.
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La llamada regla de los tres 30 en incendios forestales hace referencia a la combinación de tres factores meteorológicos que incrementan de manera significativa el riesgo de propagación del fuego: temperaturas superiores a 30 grados, humedad relativa inferior al 30 % y vientos con rachas de más de 30 km/h.
Cuando estas tres condiciones se dan al mismo tiempo, la vegetación está seca y el viento actúa como acelerante, lo que convierte cualquier ignición en un incendio explosivo y muy difícil de controlar. Esta regla se cumple cada vez con mayor frecuencia y alarga la duración de los incendios incontrolables.
El intenso calor, motor de los incendios de agosto
Sea en España, en otra región de clima mediterráneo o incluso en zonas del Ártico, existe evidencia científica suficiente para relacionar el aumento y la virulencia de los incendios con el cambio climático antropogénico. Incendios siempre ha habido en la Tierra, pero pocos como los que experimentamos desde comienzos de este siglo.
Los cambios en la dinámica atmosférica son cada vez más frecuentes y están relacionados con el cambio climático.
En junio se registraron 2.637 incidentes de fuego, de los que 1.716 fueron conatos.
Afectan a la estacionalidad de temperaturas y precipitaciones: el calor veraniego llega antes y se prolonga más, y las lluvias se vuelven erráticas, con sequías prolongadas o precipitaciones copiosas. Factores que condicionan directamente la temporada de incendios.
En España, un factor multiplicador ha sido el aumento de las temperaturas medias y la intensificación de las olas de calor. Este ingrediente reseca rápidamente la vegetación y reduce la humedad de los suelos, ampliando la ventana temporal en la que puede iniciarse un fuego.
Ocurrió en el arranque de este verano y ha sido especialmente evidente en esta primera quincena de agosto, con una de las olas de calor más duraderas del registro.

Las anomalías de precipitación, un arma de doble filo
También hay que añadir las sequías prolongadas, que convierten bosques y matorrales en un combustible extremadamente inflamable y reducen la capacidad de recuperación de los ecosistemas tras un incendio.
El otro extremo, como el vivido en la primavera de 2025, es el de las lluvias intensas. Estas generan una explosión de vegetación que, al llegar el calor extremo del verano, se transforma en biomasa seca lista para arder.
EN VÍDEO: ¿Qué es un incendio de sexta generación?
Aunque en España la mano del hombre pesa más que otros factores en el inicio de los incendios, el cambio climático favorece la aparición de tormentas secas y vientos erráticos e intensos, que disparan tanto el inicio como la propagación del fuego.
Es otro factor importante que está alargando la temporada de incendios, que ya no se limita a julio y agosto, sino que comienza en primavera y puede prolongarse hasta bien entrado el otoño.
Está claro que el cambio climático no es la única causa de los incendios, pero evitar que se agrave sin duda ayudará a que en el futuro estos sean menos frecuentes y menos devastadores.
Hoy, por desgracia, seguimos creando un escenario idóneo para que, con los ingredientes propicios, la más mínima chispa se transforme en un gran incendio forestal.