Impacto del cambio climático en las lluvias torrenciales en España
España se encamina hacia un clima más cálido y, en buena parte del territorio, más seco. Sin embargo, eso no significa que desaparezcan las lluvias intensas
Mar Gómez
El calentamiento global está modificando el ciclo del agua y las características de las precipitaciones extremas. En España, donde las lluvias torrenciales forman parte naturalmente del clima mediterráneo, varios estudios recientes empiezan a cuantificar hasta qué punto un planeta más cálido puede hacer que determinadas tormentas descarguen más agua.
La Evaluación de Riesgos e Impactos derivados del Cambio Climático en España (ERICC-2025) señala que, aunque la precipitación anual no muestra una tendencia clara y homogénea en todo el país, sí se aprecia un aumento de la intensidad de determinados episodios extremos, especialmente en el este peninsular.

Según este informe, el Mediterráneo español es una de las áreas más sensibles y se ha detectado un incremento tanto en magnitud como en frecuencia de algunos episodios de lluvia torrencial extrema, particularmente aquellos capaces de superar los 200 litros por metro cuadrado en un día.
El documento también apunta a un aumento de fenómenos convectivos intensos, especialmente hacia finales del otoño, relacionado probablemente, entre otros factores, con un Mediterráneo más cálido.
Una atmósfera más cálida puede contener más agua
Uno de los mecanismos físicos que mejor explica este comportamiento es relativamente sencillo. Por cada grado que aumenta la temperatura, una masa de aire puede contener aproximadamente un 7 % más de vapor de agua, según la relación de Clausius-Clapeyron.
Esto no significa que automáticamente vaya a llover un 7 % más ni que todas las tormentas vayan a ser más fuertes. Para que se produzcan lluvias torrenciales siguen siendo necesarios los mecanismos meteorológicos adecuados: aire frío en altura, una DANA o vaguada, convergencias de viento, inestabilidad, ascensos forzados por la orografía o una determinada circulación atmosférica.
Pero cuando esos ingredientes aparecen, una atmósfera con mayor cantidad de vapor de agua dispone de más humedad potencialmente precipitable.

El IPCC considera que la frecuencia e intensidad de las precipitaciones fuertes han aumentado a escala global en muchas regiones y proyecta que los episodios de precipitación extrema serán más intensos con el aumento de la temperatura global.
Para el Mediterráneo existe más incertidumbre regional que en el norte y centro de Europa, aunque los modelos proyectan un incremento de las precipitaciones extremas en determinadas zonas y escenarios de calentamiento.
Valencia 2024: un caso en el que ya se ha podido medir la huella del calentamiento
Uno de los ejemplos más claros procede de la catastrófica DANA del 29 de octubre de 2024 en Valencia.
Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Valladolid y AEMET y publicado en Nature Communications en febrero de 2026 utilizó simulaciones atmosféricas de un kilómetro de resolución para comparar aquella tormenta en el clima actual con una simulación equivalente en condiciones preindustriales.
Los resultados mostraron una influencia significativa del calentamiento causado por la actividad humana.
Según el estudio, el cambio climático intensificó alrededor de un 21 % la precipitación acumulada en seis horas, aumentó aproximadamente un 19 % el volumen total de lluvia descargado sobre la cuenca del Júcar y amplió en un 55 % la superficie que recibió más de 180 l/m².

Los investigadores encontraron además que las condiciones actuales producían un incremento cercano al 20 % por grado en la intensidad de las precipitaciones horarias durante aquel episodio, por encima incluso del aumento que cabría esperar únicamente por la mayor capacidad de la atmósfera para contener humedad.
¿Por qué? El Mediterráneo anormalmente cálido suministró más humedad a la atmósfera, aumentó la energía disponible para la convección y favoreció corrientes ascendentes más intensas dentro de las tormentas. Es decir, el calentamiento no solo modificó la cantidad de agua disponible, sino también algunos de los procesos internos que determinaron la intensidad de las tormentas.
No todos los estudios encuentran exactamente la misma señal
La ciencia de atribución de episodios extremos es compleja y los resultados dependen en parte de la pregunta planteada y de la metodología utilizada.
Otro estudio sobre el episodio de octubre de 2024, publicado en el Bulletin of the American Meteorological Society, combinó distintos métodos de atribución.
Los análisis puramente probabilísticos no encontraron una señal antropogénica suficientemente clara en la probabilidad de que se produjera una situación meteorológica de ese tipo.
Sin embargo, cuando los investigadores compararon sistemas de bajas presiones similares bajo diferentes condiciones climáticas, sí encontraron un incremento de la precipitación relacionado con el calentamiento, parcialmente asociado al aumento de la temperatura del Mediterráneo occidental. Algunas simulaciones mostraron incrementos locales próximos al 20 %.
Los resultados no son necesariamente contradictorios. El cambio climático puede no estar aumentando claramente la frecuencia de todas las configuraciones atmosféricas que generan una DANA y, al mismo tiempo, hacer que una tormenta concreta descargue más agua cuando esa configuración se produce.
¿Está aumentando ya la lluvia extrema en todo el Mediterráneo?
No de forma homogénea. Una revisión publicada en 2026 en Earth-Science Reviews analizó 175 estudios científicos publicados entre 1980 y 2025 sobre precipitaciones extremas en la cuenca mediterránea.
Su conclusión es que las tendencias observadas presentan una gran variabilidad espacial y temporal. Algunas zonas muestran aumentos de los episodios de gran magnitud —entre ellas sectores del este de España—, mientras que en muchas otras regiones no aparecen tendencias estadísticamente significativas.
Los autores advierten, por tanto, de que todavía no puede hablarse de un aumento uniforme de la lluvia extrema en toda la cuenca mediterránea.
La paradoja mediterránea: más sequía y más riesgo de episodios extremos
Otra investigación publicada en Communications Earth & Environment en 2026 muestra precisamente una de las peculiaridades del futuro climático mediterráneo.
Las simulaciones indican que buena parte de la región tendrá menos días de lluvia, debido principalmente al aumento de los periodos secos. Sin embargo, en sectores del norte del Mediterráneo pueden coexistir menos precipitaciones moderadas con episodios extremos más intensos.

Los investigadores describen este comportamiento como una especie de “paradoja mediterránea”: aumenta la aridez y disminuye la frecuencia de las precipitaciones, pero cuando se producen determinadas situaciones favorables para la lluvia, algunos episodios pueden descargar con mayor intensidad.
Por tanto, hablar únicamente de una España “más seca” puede resultar engañoso. Un territorio puede recibir menos lluvia a lo largo del año y, simultáneamente, experimentar una mayor concentración de esa precipitación en episodios breves y violentos.
El Mediterráneo, una fuente de humedad cada vez más cálida
Un Mediterráneo cálido incrementa la evaporación y puede proporcionar grandes cantidades de vapor de agua a las masas de aire que circulan sobre él.
Pero nuevamente conviene evitar una relación automática: un Mediterráneo caliente no genera por sí mismo lluvias torrenciales. Hace falta un mecanismo atmosférico que obligue a ascender ese aire húmedo y permita desarrollar convección profunda.

Cuando coinciden un mar excepcionalmente cálido, una atmósfera cargada de humedad y una situación meteorológica favorable —por ejemplo una DANA, una vaguada o determinadas convergencias de viento—, el potencial para producir precipitaciones muy intensas aumenta.
La magnitud de una inundación depende de la intensidad y duración de la precipitación, pero también de dónde cae, de la orografía, de la humedad previa del suelo, del estado de ramblas y barrancos, de la urbanización, de la capacidad de drenaje y de cuántas personas y bienes se encuentran expuestos.
Por eso, el cambio climático puede aumentar el peligro meteorológico, mientras que la vulnerabilidad y la exposición determinan buena parte de sus consecuencias.