Incendios históricos en 2025: el CSIC alerta del cóctel que disparó el fuego
La ola de calor y la vegetación seca fueron claves en los incendios históricos del verano de 2025.
Adrián Martínez
La devastadora temporada de incendios forestales que marcó el verano de 2025 no fue un fenómeno aislado ni casual, sino el resultado de una combinación particularmente peligrosa. Un clima extremadamente cálido y condiciones de vegetación sumamente seca y propicia para arder fueron claves en el desarrollo.
Así lo concluye un estudio científico internacional liderado por el Grupo de Modelización Atmosférica Regional de la Universidad de Murcia, con participación del CSIC y otras instituciones académicas. La investigación analiza con detalle las circunstancias que condujeron a que la región noroeste de la Península Ibérica registrara cifras históricas de superficie quemada.
Dicha región llegó a concentrar más del 50 % del total del área quemada en toda Europa entre enero y agosto de 2025. Fueron cerca de 540 000 hectáreas devastadas.
Una ola de calor con temperaturas extremas
Uno de los factores clave en el desarrollo de estos graves incendios fue la intensa ola de calor que afectó al suroeste de Europa durante 16 días consecutivos. Este episodio elevó las temperaturas de manera extraordinaria, creando condiciones meteorológicas extremadamente secas y cálidas que favorecieron la propagación rápida del fuego.
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El resultado fue un aumento sin precedentes en el Índice Meteorológico de Peligro de Incendios, que alcanzó el valor mensual más alto registrado en el noroeste de la península entre 1985 y 2025.
Si bien estas condiciones climáticas extremas fueron necesarias para favorecer la ignición y propagación de los incendios, no son suficientes por sí solas para comprender la magnitud de la catástrofe. Otro componente esencial fue la naturaleza y distribución de la vegetación en las áreas afectadas.
La vegetación, combustible clave
No todos los tipos de vegetación arden de la misma manera ni con la misma intensidad. En particular, los matorrales y los pinares experimentaron tasas de combustión significativamente mayores que otros tipos de cobertura vegetal.
Esto significa que estas especies actuaron como un combustible especialmente eficaz durante las condiciones extremas de calor y sequedad.
En contraste, los bosques autóctonos de roble se quemaron en menor proporción de lo esperado si toda la vegetación hubiera ardido de manera uniforme. Este hallazgo indica que algunos tipos de vegetación pueden tener cierta resistencia o retrasar la propagación del fuego. Sin embargo, su efecto es limitado frente a condiciones meteorológicas tan adversas.
La prevención es clave de cara al futuro de los incendios
Frente a esta situación, los expertos advierten sobre la necesidad de replantear las estrategias tradicionales de lucha contra incendios, que han sido mayoritariamente reactivas. En lugar de centrarse exclusivamente en la extinción una vez que los fuegos ya han comenzado, se propone avanzar hacia enfoques de prevención proactiva.
Esto implica reducir la vulnerabilidad del paisaje al fuego mediante prácticas como la gestión de combustible, la protección de zonas clave y acciones coordinadas de mitigación y adaptación climática.
Aprender de los incendios de 2025 es crucial para evitar que episodios de esta magnitud pasen a ser la nueva norma climática. La implicación coordinada de autoridades, científicos y comunidades locales en políticas de prevención y adaptación es una pieza clave para proteger los ecosistemas, las poblaciones y la biodiversidad frente al aumento de las temperaturas y los eventos extremos asociados al cambio climático.