Las muertes por calor en España dejan una señal inquietante antes incluso del verano
El calor extremo de mayo deja 36 muertes estimadas en el norte de España y evidencia el riesgo sanitario de estos episodios tempranos.
Javier Castaño
El episodio de calor extremo que ha marcado los últimos días de mayo ya tiene una lectura sanitaria preocupante.
Las temperaturas, más propias de pleno verano que de la recta final de la primavera, se han relacionado con 36 muertes atribuibles al calor en España en apenas semana y media, según las estimaciones de los sistemas de vigilancia sanitaria.
La cifra llama la atención por su magnitud, pero también por el momento del año. El verano aún no ha comenzado oficialmente y, sin embargo, el calor ya está dejando impacto en la salud. Además, no lo ha hecho en las zonas tradicionalmente más cálidas del país, sino en el norte peninsular.
Todos los fallecimientos estimados se concentran en comunidades donde este tipo de episodios resultan menos habituales a finales de mayo: 15 en Euskadi, 13 en Asturias, cinco en Galicia y tres en Cantabria.
Son territorios menos aclimatados a temperaturas elevadas durante varios días seguidos y donde muchas viviendas no están preparadas para soportar calor persistente.
La comparación con el año pasado ayuda a entender la dimensión del episodio. En el mismo periodo de mayo se contabilizaron siete muertes atribuibles al calor, una cifra muy inferior a la estimada ahora. El salto habla de un episodio térmico intenso y de un riesgo que aparece antes en el calendario.
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Un calor impropio de mayo
El final de mayo ha dejado registros muy anómalos en distintos puntos del país. En el norte, ciudades como Bilbao, Ourense o Pontevedra han vivido jornadas con máximas por encima de los 30 ºC e incluso valores cercanos a los 37 ºC en algunas zonas.
El problema no está únicamente en el dato del termómetro. También importa cuándo llega. El organismo necesita tiempo para adaptarse al calor. No responde igual a finales de julio, tras semanas de ascenso progresivo, que en mayo, cuando el cuerpo aún no ha pasado por ese proceso.
Ese cambio brusco aumenta el riesgo de síntomas como dolor de cabeza, náuseas, mareos, vómitos, debilidad intensa o desorientación. En los casos más graves, el calor puede provocar pérdida de conciencia o agravar patologías previas.
Por eso, aunque se hable a menudo de golpe de calor, muchas de las muertes asociadas a las altas temperaturas no se producen por una exposición directa y puntual al sol. Con frecuencia, el calor actúa como un factor que descompensa enfermedades cardiovasculares, respiratorias, renales o metabólicas.
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Por qué el norte es más vulnerable
El impacto en el norte peninsular tiene varias explicaciones. La primera es la falta de costumbre ante valores tan altos en primavera.
En muchas zonas del Cantábrico y Galicia, las temperaturas elevadas suelen ser menos persistentes que en el centro o el sur peninsular. Eso condiciona la adaptación del cuerpo y la preparación de hogares y espacios públicos.
A ello se suma la humedad. Cuando el ambiente es húmedo, el sudor se evapora peor y el cuerpo pierde eficacia para refrigerarse. La sensación térmica aumenta y el esfuerzo fisiológico para mantener una temperatura corporal segura se dispara.
Las personas mayores son el grupo más expuesto. Los datos del Instituto de Salud Carlos III muestran que la mortalidad atribuible al calor se concentra de forma muy clara en mayores de 65 años, y especialmente en quienes superan los 85.
Con la edad, el cuerpo suda peor, percibe menos la sed y convive con enfermedades crónicas o tratamientos que favorecen la deshidratación.

Qué significan realmente estas cifras
Uno de los matices más importantes está en cómo se leen los datos. El sistema MoMo, desarrollado por el Instituto de Salud Carlos III, no certifica de forma individual que una persona haya fallecido por calor.
Lo que hace es estimar el exceso de mortalidad atribuible a las temperaturas mediante modelos estadísticos que cruzan mortalidad diaria y umbrales térmicos de riesgo.
Es decir, las cifras no equivalen a diagnósticos clínicos caso por caso, sino a una estimación del impacto del calor sobre la salud pública. Aun así, son útiles para detectar tendencias y medir hasta qué punto los episodios de temperaturas extremas se traducen en más mortalidad.
La tendencia ya venía siendo visible. En el verano de 2025, el calor dejó 3.832 muertes atribuibles en España, un 87,6% más que en 2024, según Sanidad. Agosto fue el mes con mayor impacto y la mayoría de las víctimas fueron personas de edad avanzada.
Las máximas diurnas suelen acaparar la atención, pero las noches cálidas son decisivas. Cuando las mínimas se mantienen elevadas, el organismo no encuentra una ventana real de recuperación.
Dormir peor y acumular estrés térmico aumenta el riesgo en personas mayores, enfermos crónicos, trabajadores al aire libre y viviendas mal aisladas.
Este episodio deja una advertencia clara: las muertes atribuibles al calor en España ya no pueden entenderse como un problema limitado al verano ni a las zonas tradicionalmente más cálidas.