Los incendios extremos fueron 20 veces más probables por el cambio climático

Las condiciones meteorológicas que alimentaron los grandes incendios de este verano fueron al menos 20 veces más probables en España debido al calentamiento global provocado por la actividad humana, según un análisis de World Weather Attribution.

Mar Gómez

¿Ha influido el cmabio climático en los incendios? Las devastadoras olas de incendios que han afectado a España y Francia este verano no pueden entenderse únicamente por la existencia de una chispa.

Detrás de su rápida propagación hubo una combinación excepcional de calor extremo, sequía y viento que creó un auténtico polvorín. Ahora, un nuevo estudio de World Weather Attribution (WWA) concluye que el cambio climático de origen humano hizo que estas condiciones fueran al menos 20 veces más probables en el centro de España y, como mínimo, el doble de probables en el suroeste de Francia.

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Fuente de imagen: Pixabay

Los investigadores destacan que el verano de 2026 ha estado marcado por olas de calor consecutivas y una sequía temprana, factores que secaron la vegetación y favorecieron incendios de comportamiento extremo.

Desde principios de julio, los fuegos han provocado víctimas mortales, la evacuación de más de 300.000 personas entre ambos países y han arrasado cientos de miles de hectáreas. Algunos incendios llegaron incluso a generar su propia meteorología, un fenómeno que dificulta enormemente las labores de extinción.

El papel de la meteorología

El estudio no analiza el origen de los incendios, sino las condiciones meteorológicas que favorecieron su desarrollo. Para ello, los científicos utilizaron el índice Daily Severity Rating (DSR), una herramienta que combina temperatura, humedad, viento y sequedad del combustible vegetal para estimar la severidad potencial de un incendio una vez iniciado.

Según los resultados, episodios de esta intensidad, que antes eran mucho más raros, podrían repetirse aproximadamente cada seis años en el centro de España con el clima actual. Además, los autores consideran que sus estimaciones son conservadoras y que la influencia real del calentamiento global podría ser incluso mayor.

Un invierno húmedo también puede aumentar el riesgo

Uno de los aspectos más interesantes del informe es que señala un patrón cada vez más frecuente en la península ibérica: inviernos relativamente húmedos seguidos de primaveras muy secas.

Esa combinación favorece un mayor crecimiento de la vegetación durante los meses húmedos, pero esa biomasa termina secándose con rapidez cuando llegan el calor y la falta de lluvias, convirtiéndose en un abundante combustible para los incendios.

Tormenta

Es decir, no solo importa cuánto llueve, sino cuándo lo hace y cómo evolucionan las temperaturas después.

El humo, otro gran riesgo para la salud

Los científicos también advierten de que el impacto no termina en las llamas. El humo generado por estos incendios elevó las concentraciones de partículas finas PM2.5 hasta 20 veces por encima de los niveles considerados de buena calidad del aire, afectando a poblaciones situadas hasta 400 kilómetros de distancia. La contaminación atmosférica se sumó así al estrés térmico sufrido durante semanas por millones de personas.

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No cualquier incendio es cambio climático, pero sí las condiciones que lo favorecen

Los autores recuerdan que el cambio climático no enciende los incendios, ya que estos necesitan una fuente de ignición, ya sea natural o humana. Sin embargo, sí está aumentando la frecuencia de las condiciones meteorológicas que convierten un fuego en un gran incendio forestal.

Como resume la climatóloga Friederike Otto, una de las impulsoras de World Weather Attribution, el calentamiento global hace que la combinación de calor extremo, sequía y combustibles muy secos sea cada vez más frecuente, incrementando el riesgo de que los incendios alcancen dimensiones catastróficas.

El estudio refuerza así una conclusión que ya viene señalando la comunidad científica desde hace años: en un clima más cálido, los grandes incendios no solo son más probables, sino también más difíciles de controlar y con consecuencias cada vez mayores para la población, los ecosistemas y la calidad del aire.

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