Cada año, justo cuando el calendario arranca, la lluvia de estrellas Cuadrántidas irrumpe en el cielo del hemisferio norte con una intensidad que —si el clima lo permite— puede superar incluso a las célebres Perseidas. Pero ocurre algo curioso: no todo el mundo la conoce.
Tal vez porque su momento de mayor actividad apenas dura unas horas. O porque cae en pleno invierno. O ambas cosas.
Su radiante se sitúa en una zona del firmamento que hoy asociamos con Boötes, aunque el nombre de esta lluvia proviene de una constelación desaparecida: Quadrans Muralis. Fue introducida en el siglo XVIII y luego descartada, pero su huella permanece en esta cita fugaz de enero.
Las Cuadrántidas tienen un comportamiento casi quirúrgico
Una noche, o menos: así son las Cuadrántidas
A diferencia de otras lluvias de meteoros que se prolongan durante semanas, las Cuadrántidas tienen un comportamiento casi quirúrgico. Su pico se concentra en una franja temporal muy breve, a veces de solo seis horas. O te pilla mirando al cielo justo entonces, o toca esperar al año siguiente.
Las estimaciones hablan de más de 100 meteoros por hora en condiciones perfectas. Pero ese número, en realidad, rara vez se alcanza. Hay demasiados factores que lo condicionan. La fase lunar, por ejemplo. O la nubosidad, habitual en enero en gran parte de Europa. Incluso el lugar desde el que se observa: si el radiante está demasiado bajo sobre el horizonte, la cifra cae en picado.
El mejor momento para verlas suele darse de madrugada, cuando el radiante —cerca de la cabeza del Boyero— sube lo suficiente como para ofrecer una buena perspectiva. Desde zonas rurales de Castilla, de los Pirineos o de la meseta central, se han registrado buenos avistamientos… aunque no todos los años cooperan.

No vienen de un cometa activo, sino de un cometa que ya no lo es
El origen de esta corriente meteórica no está en un cometa activo como suele ocurrir con muchas lluvias. Aquí hablamos de un objeto que ya no muestra actividad cometaria, pero que en el pasado sí lo hizo. Se trata del 2003 EH1, un asteroide —al menos, así lo clasificamos ahora— que podría ser el núcleo residual de un cometa extinguido.
Ese vínculo lo convierte en un caso atípico. Las partículas que vemos brillar cuando entran en la atmósfera podrían tener varios siglos de antigüedad, y se cree que fueron liberadas en un periodo anterior, cuando el cuerpo progenitor aún era activo. Desde entonces, año tras año, la Tierra cruza ese reguero de polvo a principios de enero.
Se ha observado que el perfil de sus meteoros es particular. Veloces, blancos, a veces breves. No suelen dejar trazos persistentes, pero su frecuencia —si el pico se da con fuerza— compensa con creces la fugacidad.
Una joya astronómica a la que no se le presta demasiada atención
Las Cuadrántidas no tienen el tirón mediático de otras lluvias de estrellas. Y eso que, sobre el papel, son de las más activas del calendario. ¿El motivo? Probablemente una combinación de factores.
Por un lado, su pico es tan corto que se puede pasar por alto fácilmente. Por otro, su fecha: justo después de Año Nuevo, con noches largas, frías y propensas a la niebla o la lluvia. Además, el nombre no ayuda. Perseo, Leo, Géminis… todas son constelaciones familiares. Quadrans Muralis, en cambio, ya no figura en los mapas del cielo modernos.