Meteopedia

Dracónidas

Cada octubre, algo peculiar puede aparecer en el cielo justo después del atardecer: las Dracónidas. No hacen mucho ruido, no son mediáticas como otras lluvias de estrellas, pero tienen una historia que merece contarse. Y, en ciertas noches, lo que ofrecen es difícil de olvidar.

Salen del norte —o eso parece desde aquí—, desde los alrededores de Draco, el dragón. De ahí su nombre. Pero lo más curioso de estas estrellas fugaces no es su origen, sino su imprevisibilidad.

Un cometa como desencadenante y polvo flotando desde hace décadas

El causante, por llamarlo así, es el cometa 21P/Giacobini-Zinner. Se descubrió en 1900, aunque llevaba siglos cruzando su camino con el nuestro. Cada vez que se acerca al Sol, va dejando tras de sí un reguero de partículas. Es polvo, sí, pero no cualquier polvo. Uno que, cuando lo atraviesa la Tierra, se enciende.

Esos fragmentos, la mayoría más pequeños que una lenteja, entran en la atmósfera terrestre a velocidades tremendas. La fricción hace el resto: se calientan, se desintegran y… aparece el destello. Uno, otro. Luego, quizá ninguno durante varios minutos.

21P/Giacobini–Zinner
Cometa 21P/Giacobini-Zinner. Fuente: Alexander Vasenin – Own work, CC BY-SA 4.0,

Lo extraño de las Dracónidas: se ven al anochecer

La mayoría de lluvias de meteoros piden paciencia hasta bien entrada la madrugada. Esta no. Las Dracónidas se observan mejor justo después del ocaso, cuando el cielo aún está ganando oscuridad. Es raro. Muy pocas lluvias tienen ese horario.

Esto se debe a la posición del radiante, que queda alto en el cielo al inicio de la noche, sobre todo en el hemisferio norte. Así que no hace falta trasnochar. Aunque sí hay que tener suerte.

Algunas pasaron desapercibidas. Otras hicieron historia

Y más recientemente, 2011. Esas tres fechas siguen resonando en los archivos de los observadores. En las dos primeras, se contaron miles —sí, miles— de meteoros por hora. Cielos completamente atravesados por líneas de fuego silencioso.

La de 2011 no llegó a tanto, pero fue especial. La NASA y la ESA la vigilaron de cerca. Se esperaba algo. Y lo hubo: picos de más de 300 meteoros por hora en Europa central. Breve, pero espectacular.

Lo desconcertante es que no se repite. Al año siguiente, apenas unos cuantos destellos. Las simulaciones astronómicas intentan predecir cuándo llegará un nuevo estallido, pero es como intentar adivinar dónde caerá la próxima hoja en otoño. Hay pistas, pero nada seguro.

El 'radiante' de las dracónidas.
El ‘radiante’ de las Dracónidas. Fuente: Observatorio Astronómico Nacional

Fechas, condiciones y por qué merece la pena al menos intentarlo

Del 6 al 10 de octubre, más o menos. Aunque lo más probable es que, si hay algo que ver, sea entre la tarde del 8 y la noche del 9. A veces el máximo se adelanta o se retrasa unas horas. En esto, como en casi todo lo astronómico, el margen de error es parte del juego.

No hace falta nada más que un lugar oscuro, un abrigo y tiempo. Las Dracónidas no piden mucho, aunque tampoco prometen nada. Algunos años apenas asoman. Otros… bueno, nunca se sabe. Por eso algunos observadores no se las pierden.

La constelación del Dragón no es difícil de localizar. Está en el norte, entre la Osa Mayor y Hércules. Aunque no hace falta mirar directamente hacia allí: los meteoros pueden aparecer en cualquier parte del cielo, siempre que la fuente esté por encima del horizonte.

Un fenómeno que interesa también por lo que cuenta de los cometas

Más allá del espectáculo, las Dracónidas interesan por otro motivo: ayudan a entender cómo envejecen los cometas. Las partículas que dejan a su paso no son todas iguales. Algunas se fragmentan con facilidad. Otras resisten más. Observar cómo y dónde se desintegran da pistas sobre su composición, estructura, densidad.

De hecho, las agencias espaciales no solo las estudian por curiosidad. En 1998, durante una misión del transbordador Discovery, se detectó un aumento de impactos de micropartículas que coincidía con el paso de esta lluvia. No supuso ningún peligro, pero se tomó nota. Hoy, ese tipo de información es relevante para la planificación de vuelos orbitales y protección de satélites.

Y es que, aunque la mayoría de los meteoros se desintegran a más de 80 kilómetros de altitud, algunas partículas más grandes —no muchas, pero las hay— podrían sobrevivir lo justo para causar daños si impactaran contra estructuras sensibles en órbita.