Meteopedia

Leónidas

Leónidas es el nombre que recibe una de las lluvias de meteoros más veloces —y, en ocasiones, más espectaculares— del calendario astronómico. Cada noviembre, justo cuando el frío empieza a hacerse notar en el hemisferio norte, la Tierra cruza una corriente de partículas dejada por un cometa de órbita excéntrica. El resultado, si el cielo acompaña: trazos fugaces que surcan la noche y, a veces, algo más que eso.

El fenómeno, que lleva ese nombre porque los meteoros parecen salir de la constelación de Leo, tiene un origen bien identificado: el cometa Tempel-Tuttle. Pero su comportamiento es todo menos predecible.

Una estela de polvo olvidada… hasta que regresamos a ella

El cometa 55P/Tempel-Tuttle recorre el Sistema Solar en algo más de tres décadas. Durante su viaje, deja a su paso una corriente de restos, pequeñas partículas que flotan casi inmóviles en el vacío. No brillan. No se ven. Hasta que, por geometría orbital, la Tierra pasa por allí.

Entonces ocurre. Una parte de ese polvo entra en la atmósfera a más de 70 km por segundo, se calienta por fricción, y se convierte en luz. Meteoros. Algunos débiles, otros largos y brillantes. Algunos, incluso, con estelas que permanecen en el cielo durante segundos.

Pero no es igual todos los años. A veces atravesamos zonas con más densidad. A veces, no. Y en ciertas ocasiones —pocas, pero memorables— el encuentro resulta en una verdadera tormenta de meteoros.

55P/Tempel-Tuttle
55P/Tempel-Tuttle. Fuente: NASA

Lo que pasó en 1833, y lo que sigue pasando

La noche del 12 al 13 de noviembre de 1833 quedó registrada en cartas, diarios, crónicas religiosas. Cientos de miles de meteoros visibles desde la costa este de Estados Unidos. El cielo, según muchos, “cayendo a pedazos”. Aquella fue la primera gran tormenta Leónida documentada en época moderna.

Desde entonces, se han repetido otros episodios intensos. 1966, por ejemplo. O 1999, cuando los cálculos orbitales ya permitían anticipar los picos. Pero ni siquiera entonces las predicciones fueron exactas. Los filamentos de polvo, al parecer, cambian con el tiempo. Se dispersan. O se acumulan, sin previo aviso.

Hoy, observatorios como la IMO, la NASA o el Observatorio Astronómico Nacional siguen cada año el comportamiento de la lluvia, intentando afinar sus modelos. Pero siempre queda una parte incierta. Y eso también forma parte de su atractivo.

Cuándo y cómo ver las Leónidas

La ventana de actividad suele abrirse alrededor del 6 de noviembre y extenderse hasta finales de mes. El pico llega, por norma general, en torno al 17 o 18 de noviembre, aunque no se puede hablar de fechas exactas. Algunos años, el máximo se adelanta. O se retrasa. O pasa sin llamar la atención.

Las Leónidas se observan mejor en la segunda mitad de la noche, cuando la constelación de Leo está más alta en el cielo. Pero no hace falta buscar esa zona concreta: los meteoros pueden cruzar cualquier punto visible, especialmente si se observa desde un lugar sin luz artificial.

¿Un factor importante? La luna. Si está llena, su resplandor borra los meteoros más débiles. Si está nueva o en fases menguantes, en cambio, la lluvia se deja ver con mucha más claridad. Y, aunque el número total no sea muy alto —la tasa media ronda los 15 a 20 meteoros por hora— su velocidad y brillo las hacen especialmente llamativas.

El 'radiante' de las leónidas.
El ‘radiante’ de las leónidas. Fuente: Observatorio Astronómico Nacional

Qué distingue a esta lluvia de otras

Las Leónidas no son las más numerosas. Ni tampoco las más regulares. Pero sí figuran entre las más rápidas. La velocidad a la que los fragmentos entran en la atmósfera es tal que los trazos que dejan son finos, rectos y, a menudo, muy largos.

Hay quien los describe como agujas luminosas. Otros los han comparado con fuegos artificiales silenciosos. Lo cierto es que, en años propicios, algunos meteoros llegan a estallar en la atmósfera, generando bólidos de gran intensidad y colas persistentes.

Qué esperar en las próximas décadas

El cometa Tempel-Tuttle volvió a acercarse al Sol en 1998. Desde entonces, las Leónidas han ofrecido algunos picos destacados, pero no tan intensos como en el pasado. Aun así, según ciertas simulaciones, 2032 podría marcar un nuevo episodio relevante, si la Tierra cruza uno de los filamentos densos dejados en ciclos anteriores.

Es un cálculo con incertidumbres. La dinámica de los restos cometarios depende de muchas variables: Júpiter y su influencia gravitatoria, el viento solar, incluso microperturbaciones acumuladas durante décadas. Así que, aunque hay modelos que apuntan a un repunte, no hay garantías. Pero, si algo enseñan las Leónidas es que el cielo, a veces, se guarda sorpresas.