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Marte

Marte es el cuarto planeta del Sistema Solar. Se encuentra entre la Tierra y el cinturón de asteroides, y su superficie polvorienta y rojiza le ha valido el apodo de planeta rojo desde tiempos antiguos.

A pesar de su aspecto árido y su atmósfera enrarecida, Marte ha sido —y sigue siendo— uno de los destinos más observados y explorados por la ciencia planetaria. No es el planeta más grande ni el más brillante, pero es, sin duda, uno de los más enigmáticos.

Un mundo frío, inclinado y lleno de contrastes

Aunque su tamaño no llega ni a la mitad del terrestre, Marte presenta una geografía abrumadora. El Olympus Mons, por ejemplo, es el volcán más alto del Sistema Solar. Y Valles Marineris, una herida gigantesca que recorre buena parte del hemisferio sur, supera en longitud a toda la cordillera de los Andes.

Pese a su distancia media de unos 225 millones de kilómetros respecto al Sol, Marte también tiene estaciones, provocadas por una inclinación axial muy parecida a la de la Tierra: poco más de 25 grados.

Pero no esperes flores ni lluvias. Las variaciones estacionales marcianas se traducen en cambios extremos de temperatura, sobre todo en las regiones polares, donde los casquetes de hielo seco se expanden o contraen según la época del año.

En el cielo, dos diminutas lunas: Fobos y Deimos. Ninguna de ellas es esférica. Ni siquiera parecidas entre sí. Se cree que fueron asteroides capturados en algún punto remoto del pasado. Fobos, la más grande, gira tan deprisa que adelanta al propio planeta en su rotación, lo cual tiene un efecto insólito: se eleva por el oeste y se pone por el este.

El rastro del agua y la obsesión por la vida pasada

Las imágenes más detalladas de la superficie marciana muestran algo que, a simple vista, parece evidente: por allí corrió agua. O al menos, eso indican los deltas fosilizados, los cauces secos y los minerales hidratados hallados en diversos cráteres.

El hallazgo de sales de perclorato hidratadas por parte de la sonda MRO, en 2015, alimentó una vieja sospecha: que aún podrían existir flujos estacionales de agua salada en algunas laderas.

Pero la comunidad científica no termina de cerrar el asunto. Hay evidencias, sí. Pero también muchas incógnitas. Algunos modelos apuntan a que hace miles de millones de años, Marte tuvo una atmósfera más densa, capaz de mantener agua líquida en superficie.

Hoy, sin embargo, esa atmósfera se ha disipado. Apenas queda un uno por ciento de la presión de la terrestre. Y su composición —mayoritariamente dióxido de carbono— no facilita demasiado la habitabilidad.

A pesar de todo, el subsuelo podría conservar bolsas de hielo o incluso depósitos líquidos, aislados, salinos y protegidos bajo capas de regolito. La misión ExoMars, en la que participa la Agencia Espacial Europea, intentará despejar algunas de estas dudas.

https://twitter.com/ESA_ExoMars/status/1859274014889292193

Marte, el planeta más explorado por la humanidad

Desde que las primeras sondas Mariner sobrevolaron Marte en los años 60, la curiosidad por este planeta no ha hecho más que crecer. La NASA, con su flota de orbitadores y rovers, ha recopilado una cantidad de datos sin precedentes. Pero no está sola. China, India, Emiratos Árabes Unidos y la ESA también han contribuido con sus propias misiones.

Entre las más recientes, destaca el vehículo Perseverance, que aterrizó en 2021 en el cráter Jezero. Su objetivo no es menor: recolectar muestras del suelo para que sean devueltas a la Tierra en una misión futura. Si todo sale según lo previsto —algo que en exploración espacial no siempre sucede—, esos fragmentos llegarán a nuestros laboratorios a mediados de la próxima década.

También allí, en suelo marciano, vuela un pequeño helicóptero: Ingenuity. Nacido como experimento, ha batido récords inesperados. Nunca antes una máquina había volado en otro planeta. Y no solo lo ha hecho una vez: lleva decenas de vuelos acumulados.

Marte desde la Tierra… y al revés

Para un observador terrestre, Marte aparece como un punto anaranjado que brilla con intensidad variable según su distancia. En las épocas de oposición —que se dan aproximadamente cada 26 meses—, el planeta puede alcanzar una magnitud superior a la de cualquier estrella. Es entonces cuando se convierte en un objetivo fácil incluso con prismáticos.

Desde allí, en cambio, el cielo marciano ofrece una paleta distinta. Durante el día, la atmósfera teñida de polvo le da al cielo una tonalidad ocre, incluso amarillenta. Pero al amanecer o al caer la tarde, el horizonte se vuelve azul pálido, una inversión cromática respecto al cielo terrestre. Son esos pequeños detalles los que hacen de Marte un lugar tan familiar como inquietante.

Y luego están los eclipses. Pero no como los nuestros. Fobos, al pasar por delante del Sol, genera sombras veloces y parciales que cruzan el paisaje como si fueran fragmentos de una película mal montada. No son espectaculares, pero sí únicos. Desde los rovers se han captado imágenes que parecen imposibles: un minúsculo satélite ocultando al Sol, en un planeta donde todo es polvo, roca y horizonte.

Marte no deja de cambiar. O, al menos, nuestra visión de él sí lo hace. Y cada misión que llega no responde tanto a las preguntas como abre otras nuevas. A fin de cuentas, eso es lo que hace que siga siendo fascinante.