La nieve que acelera el deshielo en la Antártida y el color rosa que inquieta a los científicos

No es solo una rareza visual. La expansión de la nieve rosa en la Antártida revela un proceso silencioso que favorece el deshielo y preocupa a los científicos.

Pablo Ramos

La nieve rosa en la Antártida no es un efecto óptico ni un fenómeno puntual. Es real, se repite cada verano austral y, lejos de ser anecdótica, ocupa una extensión mucho mayor de lo que se creía hasta ahora.

Durante años se pensó que esta llamativa coloración, que tiñe de tonos rosados grandes superficies de nieve, estaba restringida a puntos muy concretos del continente.

Sin embargo, un estudio liderado por investigadores españoles ha demostrado que el fenómeno está mucho más extendido y que su origen tiene una explicación clara: la proliferación de microalgas.

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Fuente imagen: CSIC

Qué es realmente la nieve rosa

La clave está en las llamadas algas rojas, un término popular que agrupa a distintos tipos de microalgas capaces de crecer sobre la nieve. Su momento de máxima actividad coincide con el verano antártico, entre diciembre y febrero, cuando las temperaturas y la radiación solar permiten su desarrollo.

A medida que estas algas se multiplican, la nieve deja de ser completamente blanca y adquiere tonalidades rosadas o rojizas. Es entonces cuando aparece la conocida como nieve rosa, una estampa visualmente llamativa, pero con consecuencias que van mucho más allá de lo estético.

«Las algas rojas sobre la nieve contribuyen a reducir el albedo superficial, es decir, la capacidad de la superficie para reflejar la radiación solar, hasta en un 20 %», explica Alejandro Román, investigador del CSIC en el Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN) y primer autor del estudio.

Esa pérdida de reflectividad implica que la nieve absorbe más calor, lo que acelera el deshielo tanto de la nieve como del hielo subyacente. Y ahí aparece el problema.

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Fuente imagen: CSIC

Un círculo que se retroalimenta

El deshielo generado por la presencia de estas algas crea, a su vez, condiciones aún más favorables para que sigan proliferando. Se trata de un bucle de retroalimentación positiva especialmente preocupante en un contexto de cambio climático.

Los datos recogidos por los investigadores muestran que estas algas ocupan cada año una mayor superficie y que, además, permanecen activas durante más tiempo dentro del verano austral.

En cifras, el estudio estima que las algas rojas pueden llegar a cubrir más del 10 % del archipiélago de las Islas Shetland del Sur, situado a menos de 200 kilómetros de la Antártida. Esto equivale a unos 176 km², una extensión muy superior a la documentada hasta ahora.

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Drones, satélites e inteligencia artificial

Para llegar a estas conclusiones ha sido clave el uso combinado de drones, imágenes satelitales e inteligencia artificial. Los vuelos de drones han permitido observar con detalle zonas de difícil acceso, mientras que el análisis automatizado de datos ha servido para mapear la verdadera extensión de las algas.

Además, los investigadores han comparado imágenes históricas con fotografías recientes obtenidas por los satélites Sentinel, lo que ha permitido detectar cambios y tendencias a lo largo del tiempo. Todo este material ha dado lugar a la primera base de datos específica sobre este fenómeno, ya disponible para la comunidad científica.

Más allá de la nieve rosa, el estudio abre nuevas vías para monitorizar ecosistemas polares y aplicar estas herramientas tecnológicas en otros entornos extremos. También aporta información clave para entender cómo regiones tan sensibles como la Antártida están respondiendo al calentamiento global.

«Estas proliferaciones no son fenómenos locales aislados, sino procesos extendidos que pueden tener un impacto significativo en el balance energético y en las dinámicas de deshielo de las zonas costeras antárticas», concluye el estudio.