El robot torpedo que revela el calor oculto que derrite el hielo antártico desde dentro
Un calor atrapado bajo el océano Austral emerge y acelera el deshielo antártico, alterando un equilibrio que parecía estable durante décadas.
Sergio Delgado Martorell
Lejos de las concurridas rutas marítimas y de cualquier centro de investigación, el océano Austral es, sin duda, uno de los laboratorios naturales más relevantes del planeta.
En este entorno extremo operan desde hace años dispositivos autónomos capaces de descender a grandes profundidades para registrar variables clave del sistema oceánico.
Entre ellos, destacan estructuras similares a torpedos que funcionan sin intervención directa, siguiendo ciclos programados de inmersión y ascenso.

Se trata de equipos que recopilan información sobre temperatura, salinidad, presión y densidad del agua. Y tras completar cada inmersión, emergen para enviar los datos por satélite.
Un trabajo prácticamente diario que ha permitido generar una base de información sin precedentes en una de las regiones más inaccesibles del mundo. Aportando, con detalle, todo lo que ocurre bajo el hielo.
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Un cambio abrupto en el hielo marino desde 2016
Durante décadas, los registros mostraban una evolución relativamente estable del hielo marino antártico. Incluso con fases de crecimiento en un contexto global de calentamiento.
Sin embargo, a partir de 2016 se produjo un giro dramático. En cuestión de pocos años, la extensión de hielo comenzó a reducirse con gran rapidez, desconcertando a los investigadores.
Estos sistemas autónomos han recogido datos que han sido fundamentales para reconstruir el porqué de este cambio. La clave no está en la superficie, sino en los acontecimientos que se desarrollaban varios cientos de metros más abajo.

La estructura térmica del océano es particularmente compleja en esta parte del mundo, con una capa superficial muy fría y masas de agua relativamente cálidas a gran profundidad.
Un fenómeno oculto bajo la superficie
Esa disposición genera un efecto de aislamiento térmico que, durante años, mantuvo el calor atrapado en capas profundas sin afectar directamente al hielo. Sin embargo, el equilibrio comenzó a alterarse progresivamente.
El aumento de precipitaciones en forma de nieve y lluvia modificó la salinidad del agua superficial, haciéndola menos densa.
Este cambio, lo que provocó fue la estratificación del océano, intensificando la separación entre capas.
Como resultado, el calor quedó aún más acumulado en profundidad, sin capacidad de disiparse hacia la superficie. Durante un tiempo, este proceso pasó desapercibido, ya que desde el exterior no se percibían alteraciones significativas en el hielo.
El papel decisivo del viento
El punto de ruptura llegó con una modificación en los patrones atmosféricos. El incremento de la intensidad de los vientos en la región alteró la dinámica del océano, desplazando las capas superficiales y rompiendo parcialmente esa estructura estratificada.

Este proceso permitió que el calor retenido en profundidad ascendiera de forma repentina.
El resultado fue una liberación de energía térmica que aceleró el deshielo desde abajo. A diferencia de otros procesos más graduales, este fenómeno actuó con rapidez, debilitando el hielo y favoreciendo su fragmentación.
El oleaje generado y la interacción entre placas terminaron de descomponer estructuras que hasta entonces se habían mantenido estables.
No es solo un problema para la Antártida
La pérdida de hielo marino no es solo un problema geolocalizado en la Antártida. Este elemento actúa como barrera natural frente al océano abierto, reduciendo el impacto del oleaje sobre las plataformas de hielo continentales. Además, su capacidad para reflejar radiación solar contribuye a regular la temperatura global.
Su disminución implica una mayor exposición de estas plataformas, lo que puede acelerar su deterioro y contribuir al aumento del nivel del mar.
En términos cuantitativos, pequeñas variaciones en estas regiones pueden traducirse en efectos significativos a escala planetaria, afectando a zonas costeras densamente pobladas.
Aún hay incógnitas
Aunque los datos obtenidos por estos dispositivos han permitido identificar datos clave, el sistema sigue planteando muchos interrogantes.
De hecho, no está claro si este cambio responde a una oscilación puntual o si marca una transición hacia un nuevo equilibrio climático en la región.
Lo que sí se ha evidenciado es la importancia del océano como motor de transformación en la Antártida.